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Nada nuevo bajo el Sol Featured

Bartolomé Marcos

Esta semana he visto, vía Netflix, entre otras muchas más o menos adocenadas, una película diferente, que, francamente, me ha gustado bastante, y que me permito recomendarles. Se titula “Bajo el Sol” (que lo pongo en mayúsculas, cómo no, porque es mi Dios, o al menos lo más parecido a Dios que, hoy por hoy, alcanzo a ver sobre la Tierra, con estos ojos cansados que, más pronto que tarde, aunque todo sea, se habrá de comer la tierra, que a nada le hace ascos. Es una película sueca de 1998, que representó a su país en los premios óscar de ese mismo año optando al premio de mejor película extranjera en lengua no inglesa. No consiguió el óscar, aunque la película sí tiene otros galardones prestigiosos. Desarrollada en una granja de la campiña sueca, en los años sesenta del siglo pasado, cuenta la historia de un granjero cuarentón al que, después de morir su madre, le pesa demasiado la soledad, y, buscando mitigarla, decide poner un anuncio en el periódico solicitando un ama de llaves-doncella, aunque en el fondo busca más y lo acabará obteniendo. Un tercer personaje en concordia-discordia es el de un joven rockero, admirador de Elvis, que se pasea todo el tiempo por idílicos caminos rurales en un anacrónico buick, y que le saca dinero al granjero, y se aprovecha de que este no sabe leer, para engañarlo respecto al contenido de una carta de despedida de la mujer, que se marcha para intentar arreglar un asunto relacionado con un matrimonio anterior pero con la intención de volver al refugio seguro, tranquilo y feliz que ha encontrado en la granja. Constato una vez más -y es la enésima- aquello que dejara dicho el arcipreste de Hita citando a Aristóteles de que “dos cosas mueven el mundo, díxelo el sabidor: aver mantenencia e aver ayuntamiento con fembra placentera”, pensamiento que, con matices, corroboraba el poeta Théophile Gautier muchos siglos más tarde cuando decía aquello de que “la felicidad en este mundo se consigue con estas tres cosas: un sol hermoso, una mujer (hermosa, añado yo) y un caballo”.  La película tiene un final feliz y acaba con una frase que no me resisto a reproducir: “lo que fue eso será, y lo que se hizo eso se hará. Y no hay nada nuevo bajo el sol”. Es una película, como escribió en El País Ángel Fernández Santos, que “se ve con gozo. Todo es transparente en esta historia de alto erotismo nórdico. Sereno, cadencioso, vivo, sensual, a ratos incluso caliente juego amoroso. La gradualidad del crescendo sentimental es perfecta, libre, creíble, elegante".

Adjetivos todos ellos que podrían convenirle al regalo en forma de texto que me ha hecho esta semana un antiguo amigo de Cieza, Antonio Gómez Salinas, afincado (es “irónico decir”), como charnego nada rufianesco en Cataluña, y que sigue todas las semanas mis artículos desde su exilio en ese picoesquina irrenunciable de España que algunos quieren arrebatarnos. Su texto dice así: admirado Bartolo, gracias por los dos artículos de esta semana. En cuánto al “Con procrastinadores y a lo loco…” admiro tu valentía por definir, justamente al comunismo como “demencia colectiva”. Yo pienso eso y más… Aunque yo caí de joven en esa demencia y por eso acabé en esta Cataluña de mis pecados. Leí los folletos panfletarios de Marx aunque no pude pasar de los primeros capítulos de “El capital, tomo I”, y fui aleccionado en la facultad de letras de Valencia, en plena dictadura franquista, por profesores que creían o parecían creer en los dogmas del marxismo. Matrícula de honor por un panfletillo que hice loando a Stalin. Terrible, ¡cómo me arrepiento!. Y, sigo lamentando, explicaba esas palabras vacías a los alumnos del instituto.  Casi todos lo han superado. Alguno sigue en la universidad como comunista separatista. Pero encontré a personas, sobre todo en los libros, que me sacaron del error. Que me demostraron la crueldad y la locura del comunismo. El teórico es puro disparate, solo hay que leer a Mises o a Hayek. El práctico siempre ha sido pobreza, esclavitud y régimen de castas. Por esta reflexión perdí amigos y gané otros. En relación al vocablo procrastinar, muy bien por tu nieta. Espero enseñarlo también a los míos. Del que tiene 4 años ya sabe qué es una catenaria y un pantógrafo, y conoce multitud de nombres de plantas y bichos. Para terminar este tema, en mi último cambio de domicilio, hace 18 años, hice escrutinio de libros como el “cura y el barbero” hicieron con los de Don Quijote, y todo lo guardado de Marx, Lenin, Mao, Stalin fue directamente al contenedor de reciclaje. No quise que hicieran mal a nadie más.

Y en cuanto al artículo dedicado al Viernes Santo, pues dos veces gracias. Mi última Semana Santa en Cieza fue en 2018. Yo, que soy ateo, iba solo como espectador dispuesto a llenarme de sensaciones de color, sonido, formas y aromas. También a saludar y cambiar sentimientos con los pocos amigos que nos quedan en Cieza. ¡Cómo añoro todo eso! ¡Qué placeres tan sencillos como eficaces, las habas tiernas, el atún de ijada, el bacalao salao!  Qué pasar y pasar por las calles, por las iglesias, y también el paseo por el río, por las calles donde crecí, la Cuesta de la Villa, la Cuesta del Río. Y cuántos ciezanos y cuántas ciezanas, grandes y chicos, participando en la fiesta. Y ver cómo una ciezana, de la edad de mis hijos, que iba en la procesión del domingo de resurrección de andera viniera a saludarme. Casi me hizo llorar. Y, para remate, yo sabía que sus padres eran totalmente anti Semana Santa. Con la edad me he hecho más sentimental y tengo la lágrima fácil. En 2017 estuve en Cieza el Día de la Cruz; también a una escala menor es parte de la identidad ciezana. Espero que sigan celebrando tanto la Semana Santa como el Día de la Cruz. Y yo espero poder salir de este encierro donde me tienen y viajar libremente por España. Por ahora no sabemos nada de las vacunas y el encierro está programado hasta el 11 de abril. Pero pueden prolongarlo hasta que quieran, es la dictadura democrática.

Pues, querido amigo Antonio, añorado ciezano errante (dicen que errar es de sabios, y tú lo eres), entre los pocos amigos que dices que te van quedando en Cieza, cuenta a Bartolomé Marcos y cuenta con mi fidelidad y compromiso con ese punto de encuentro entre dos almas en que la literatura consiste. Un abrazo y -allá donde estés- sé feliz bajo el único sol que, generoso, nos calienta y alumbra.

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