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Los coches de nuestra vida: el primero y…seguro…el que será el último (II) Featured

 Bartolomé Marcos

Decía el poeta que así se nos iba la vida, tan callando, pero la contemporaneidad y el progreso han afinado el diagnóstico, o por lo menos lo han actualizado, y hoy resulta que así se nos va la vida, tan callando, sí, como siempre, pero en estos tiempos tan bonitos que corren, recordando contraseñas absurdas, borrando correos, reorganizando absurdamente contenidos absurdos, eliminando spam, o celebrando y aplaudiendo ocurrencias más o menos disparatadas de la peña en el “guasaps” o las redes sociales. Pues miren…será otra ocurrencia, pero prefiero pasar la vida rememorando mis propias experiencias, por ejemplo, al volante y a bordo de mis propios coches, que han formado parte de mi vida y a los que yo, y los míos, dotamos de alma, como una emanación vibrante, sufriente o gozosa de nuestra experiencia personal vinculada con esas “cosas”. Pasa con cualquier cosa…también con los coches.

Me jubilé en agosto de 2011. Aguanté aún un verano más, el de 2011, verano de mi jubilación, verano glorioso de despreocupadas vacaciones en el “pestor” de la Manga del Mar Menor, subido en un tractor, que no otra cosa parecía a esas alturas de su aún corta existencia (sólo tenía cuatro añitos y nos había costado ya más de 4.000 euros en reparaciones sólo en el último año), el Ford Mondeo Ghia, con todos los extras, incluso una locutora en el GPS, llamada Marta, que a mí me sorprendió y hasta me pareció cosa de pura magia, pues aparentaba saberlo todo, vehículo (por decir algo) que había comprado unos años antes, en 2007, en AUTONAVAL de Cartagena, empresa concesionaria de la FORD, que acabaría quebrando y cerrando al poco de pasar de padres a hijos. A mi pobre Ford, porque él no tenía la culpa, le dio tiempo a contemplar la debacle. Ejemplo de tantas empresas familiares forjadas en el sacrificio de los mayores y dejadas después al albur y al calambur del capricho y la burricie de las siguientes generaciones, aunque hay notables excepciones. Pero del FORD, de ese en concreto porque tuve tres, hablaré otro día. Hoy toca hablar del que con altísima probabilidad, será el último de los coches de nuestra vida. Se pasa su vida actual, de coche de un jubilado, tranquilico, contranatura y ajeno a lo que debería ser la ajetreada vida de un automóvil, en una plaza de cochera del edificio en el que vivimos, en la Gran Vía de Cieza. En realidad, vive en una tumba. Pero es un muerto muy vivo, con un corazón que pide movimiento.

¡Poubriño meu! Se llama Renault y se apellida Mègane, es de color azul marino metalizado, un coche muy bonito y juvenil, o sea que me pega un montón, se lo pueden imaginar, pero que se explica bien la elección porque fue cosa de mis dos hijos menores y compraron un coche bajo la única premisa y condición de que fuera un coche automático porque el torpe de su papi, además de una hemorragia cerebral subaracnoidea, había tenido también una desafortunada caída en el parking de la Gran Vía, de resultas de la cual le había quedado prácticamente inservible su brazo derecho sin que el izquierdo mejorase en destreza. Total que había que facilitar que el patriarca pudiese seguir sacando a Merche a cumplir el sacrosanto precepto mercantil de cada sábado sabadete en San Carrefour de Murcia Zaraíche. Al final compraron el coche que les gustaba a ellos, que llevaron la gestión de la compra y no se entendieron con Miguel Castillo (Holy) Family que por entonces regentaba el concesionario de la marca francesa en Cieza. Sí lo hicieron sin embargo con un joven y agradable empleado murciano del concesionario Renault en Murcia. El Renault Mégane nos costó alrededor de 20.000 euros, que tampoco eran moco de pavo, porque, además de automático, llevaba todos esos extras que pronto acabas descubriendo que sólo son un engorro, aunque la mitad la pagamos con la aportación de mi querido Toyota Avensis Advance, en impecable estado de conservación y uso, por el que nos pasaron 10.000 euros, y que sólo habíamos disfrutado 4 añitos. Qué pena de nuestro querido japonesito, que al final se nos fue sin demasiada pena y sin ninguna gloria. Pero volvíamos a tener coche para ir cada semana a San Carrefour. Y coche automático, que hasta mi mujer se atrevió a hacer unos pinitos con él, acompañada por mi hijo, aunque la cosa no acabó de fraguar, y sigo siendo yo el conductor habitual, aunque es un hábito “deshabituado” (si se me permite la expresión.

Mención aparte merece el alojamiento del hijo más tonto de la casa en las “Termas de Caracalla”, como yo las llamo. Una cochera angosta y lóbrega, de giros casi imposibles, que ya ha provocado en todos los residentes, propietarios, visitantes y otros invitados, toneladas de exabruptos e improperios, sapos y culebras. En ese pozo, sacar o no sacar el coche (entero) es dilema trascendente cada mañana, y yo soy uno de los que se ha planteado tirar la toalla y dar por finiquitada mi larga etapa de más de 50 años como conductor. Ni que decir tiene que mi pequeño Mégane fue uno de los primeros vehículos que tuvo ocasión de probar la rijosidad y dureza del enfoscado y las paredes del edificio (maldita sea su estampa y la del cerebro pensante -poco, como no sea con el bolsillo y la cartera, avariciosa y roñosa- que las ideó).

El Megane tiene nombre de héroe o heroína supergaláctica, y entiendo que es un coche frustrado, el pobre, al que no le hemos dejado desarrollar todo su potencial. Con decirles que en su último año de vida habrá hecho unos 7.000 kilómetros, de los 30.000 previstos, y ahora tengo que aguantarle que me recuerde constantemente que se ha cumplido el periodo para la revisión con dos molestas luces: una con un texto que dice precisamente eso, realizar revisión y otra con una llave inglesa recordándome que debo pasar por el taller. Es igual, es un poco pesado el muchacho, pero también lo quiero.Yo he querido a todos mis coches.

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