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Ochenta y cinco años después Featured

Víctor Pardo Lancina.- El golpe de Estado de 18 de julio de 1936 provocó la Guerra Civil. Los militares traidores a la legalidad republicana que habían jurado defender, sabían que la insurrección sería respondida en la calle por ciudadanos que no iban a renunciar al régimen de libertad y democracia. Por eso el general Mola, “director” de la asonada militar, dictó instrucciones para acabar con la vida de todos los que se opusieran a los planes sediciosos. Y cumplieron a sangre y fuego con el más perverso de los proyectos de la historia del siglo XX español, un proyecto de exterminio contra el contrario. La iglesia bendijo la cruzada, alimentó el odio y encendió por muchas décadas los instintos de rencor y persecución. El golpe de Estado trajo la devastación y el miedo devolviendo a España a la oscuridad del medievo. El golpe instauró el franquismo, un régimen corrupto y despiadado.

En Huesca, en la noche del 18 de julio de 1936, se celebró una reunión en el Gobierno Civil, antigua casa de Oña, hoy oficina principal de Ibercaja, en la que su responsable, Agustín Carrascosa Carbonell, de tibia vocación republicana, se enfrentó no solo a las exigencias de miles de personas que rodeaban el edificio reclamando armas para frenar la militarada, también a los directivos de los partidos políticos y sindicatos que abogaban por secundar las solicitudes del pueblo. En el tormentoso encuentro se hallaban el alcalde Mariano Carderera, el abogado Saúl Gazo, los socialistas Rafael López Amador, presidente de la agrupación de Huesca, Ángel Gavín Pradilla, el médico Pablo Montañés, Manuel Sender, el comunista Pedro Cajal, Ildefonso Beltrán, inspector de Instrucción Pública y los anarquistas Ramón Acín y Paco Ponzán. Tras un debate acalorado se impuso la tesis del poncio que era también la del artista Acín, no se repartieron armas para evitar un baño de sangre. Pero el baño de sangre iba a llegar de inmediato y muchos de los presentes se contarían entre las primeras víctimas.

El ejército sublevado, la Guardia Civil y la Guardia de Asalto tomaron la ciudad de madrugada y comenzó la limpieza con la ayuda de conocidos señoritos falangistas y emboscados derechistas ultracatólicos. Una treintena de izquierdistas de Huesca fueron detenidos e ingresados en prisión el 19 de julio, casi cuarenta al día siguiente, más de medio centenar el 21 y mientras proseguían los arrestos en la ciudad, decenas de republicanos de los pueblos del entorno ingresaban en una cárcel ya atestada, en la que las torturas y malos tratos daban la bienvenida sobre todo a los más significados. Hubo de habilitarse el edificio del Instituto, actual Museo Provincial, para albergar a los cientos de arrestados.

Desde los primeros días de agosto la tapia oeste del cementerio era visitada a diario por los matones sanguinarios arrastrando a sus víctimas y la orgía de sangre se prolongó en la ciudad hasta enero de 1945, cuando se materializaron las tres últimas condenas a muerte tras sendos consejos de guerra, indecente justicia militar en la que el acusado no tenía ninguna oportunidad de defensa. Emilio Portella Caballé impresor de Graus, Joaquín Alzuria Sanjuán, jornalero de Binéfar y el también obrero Valero Villanova Pena, nacido en Velilla de Cinca, cayeron abatidos el 23 de enero de 1945 por un pelotón de ejecución integrado por guardias civiles de la Comandancia de Huesca.

La dictadura franquista llenó las cárceles de detenidos políticos –a finales de octubre de 1939 había en la ciudad de Huesca 2866 presos-, obligó a centenares de miles de españoles a tomar el camino del exilio, depuró el aparato del Estado comenzando por los maestros, un peligroso gremio que extendía la cultura y enseñaba a pensar. La dictadura se prolongó durante décadas ominosas dejando un legado de luto, sufrimiento, miedo y atraso secular. También de grandes fortunas y crecimiento de enormes patrimonios para los privilegiados que contribuyeron a traer la victoria. El franquismo todavía no se ha extinguido, lamentablemente existe en la vida diaria a través de distintas manifestaciones sociales, comportamientos y tics. La derecha no lo ha condenado y la Iglesia tampoco. Ochenta años no han sido suficientes. Algo no ha hecho bien esta democracia."

 

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