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 Bartolomé Marcos

Dice mi querido amigo, el bombero escritor José Antonio Marín Ayala, que en la mañana de un sábado primaveral cualquiera ha salido a pasear por ese enclave natural mejorado, que es el Paseo Ribereño de Cieza, por su margen derecha, la más concurrida; un espacio mediterráneo que florece en los márgenes de los sinuosos meandros del río Segura arrancando desde La Presa, lugar de baño por excelencia, hasta el paradisíaco Menjú, frondoso paraje de palmeras por donde discurren subterráneas las aguas termales que aflorarán en los Baños de Mula, Archena y Fortuna. José Antonio es -como yo- de esa especie de personas que hacen del pasear ocasión preciosa para empaparse del mundo exterior, filtrarlo con las ideas y sensaciones de nuestro mundo interior y devolverlo, generalmente mejorado y enriquecido en ideas y matices por nuestros jugos gástricos y neuronas (las que nos quedan), a quienes decidan acercarse al mundo guiados por nuestra mirada, que en realidad eso, y no otra cosa, es el escribir. A primera hora de la mañana, sigue diciendo José Antonio, me he dado de bruces de nuevo con la soledad, ese insaciable apetito que caracteriza a las mentes errabundas, que de tanto en tanto quieren desconectar de lo mundano, como es la mía. Solo me acompañan el rumor del agua del río y el trino de unos pajarillos que alegres dan la bienvenida al nuevo día, y una cierta aura, machadiana, apenas perceptible, del “yo no digo esta canción sino a quien conmigo va”, que soy yo mismo y que es, claro, José Antonio.

Yo por mi parte, que voy con él aunque físicamente hoy no camine a su lado, voy cavilando en la sabia y fúnebre filosofía que llaman del ”lecho de muerte”, es decir, en qué decisiones tomaríamos, o cómo decidiríamos vivir nuestra vida, si supiéramos que habríamos de morir mañana mismo o qué cambiaríamos de nuestra vida si estuviéramos en disposición de hacerlo. Probablemente una de las cosas que sentiríamos es no haber tenido el coraje, la fuerza de ánimo o la valentía de vivir la vida que uno realmente habría querido vivir, siendo auténtico y no haciendo sólo lo que otros esperaban que hiciéramos. Claro que qué significa eso de ser auténtico y de ser uno mismo, si una de las grandes verdades de la vida, que certifica nuestra radical incognoscibilidad, es la que magistralmente condensa la greguería de Ramón Gómez de la Serna de que “nosotros mismos no podemos conocernos a nosotros mismos porque nosotros mismos estamos más allá de nosotros mismos”.

Le digo a José Antonio que a estas alturas de mi vida, cuando he vivido muchísimo más de lo que me queda por vivir, sólo puedo ser bastante escéptico y algo estoico, seguir instalado en la duda sistemática, y desarrollar el temple necesario para continuar aguantando la vida. Me ayudará, y no poco, si el Real Madrid, único bastión de esperanza que les queda a los españolitos, en medio de tanto estrépito y cazurrería crónicos, sigue protagonizando remontadas de ensueño y locura contra sus enemigos, que no son pocos

Me sigue diciendo José Antonio, como si fuera mi propia voz interior, que este año, tercero de la pandemia, en contra de lo que sucede con demasiada frecuencia en esta bendita tierra, las mansas lluvias equinocciales han sido generosas, sin que ningún ecologista del tres al cuarto haya dado una explicación razonable a este fenómeno valiéndose de su herramienta favorita: la del socorrido cambio climático que tan espléndidamente parece explicar todo lo que con la Madre Naturaleza acontece. Solo hay que indicarles a estos bobos en ciernes que echen una mirada a la escasa vegetación y a los surcos que caracterizan nuestras milenarias lomas y montañas, señales inequívocas de que aquí llueve poco debido a nuestra agraciada, o desgraciada, según se mire, situación geográfica a sotavento de las sierras del Segura, de las Villas y de Cazorla, formaciones montañosas que recogen a barlovento las lluvias de las preñadas borrascas atlánticas y nos devuelven de ellas tan solo un cálido viento de poniente. Y es que cuando aquí dice de llover lo suele hacer torrencialmente por la irrupción por el este de esas alocadas depresiones aisladas en niveles altos que con tanta frecuencia se asientan en el Mediterráneo, a cuya vera y ribera nacimos…

Si me fuera a morir mañana, no trabajaría tanto como he trabajado, para jamás salir de pobres y de miserables, desaprovechando buena parte de las posibilidades que entrañaban unas mejores relaciones con nuestros hijos o con nuestra compañera de vida, descubriendo, tarde, que ya es demasiado tarde para todo eso y que hemos fracasado en lo importante.

Debería haber tenido más valentía para “abrirme”, para descubrir emociones, sentimientos e ideas a los demás, y, en particular, a la gente que sé que me ha querido y me quiere, no muchos, pero algunos y algunas sé que los ha habido y los hay. Mantener viva la relación con los amigos, y, en suma, ser más feliz, que todos los que saben dicen que esa, la de la felicidad, es elección libre y soberana de uno mismo, que sólo de uno mismo depende.

 

Hasta luego, José Antonio. Buenos días…

 

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