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Ir a la Universidad, ¿para qué? Featured

 Bartolomé Marcos

La Universidad sigue disfrutando en España y sus diferentes territorios, que cada día son menos, por cierto, de un prestigio que quizá sólo sea comparable a sus elevados niveles de creciente y galopante incompetencia, algo que desde mi punto de vista se fundamenta en una visión sureña, meridional, mediterránea…de la vida, que ensalza y admira la gandulería bien retribuida, y que siente una fascinación atávica y enfermiza por el lujo de lo superfluo e inútil, que inútiles, obsoletos y vacíos de sentido y contenido (prebostes, barones, condes, duques, marqueses y reyes de la ciencia inejerciente) son muchos títulos y titulados académicos. Y los estudiantes universitarios, jóvenes y de mente despejada y clara, llenos de sano y goliardesco afán de vivir, lo saben, lo han sabido siempre, y más aún en estos desastrados tiempos nuestros de ahora mismo, y por eso pasan casi tanto tiempo como en las aulas en el bar, la cantina o la cafetería de la facultad o de la escuela universitaria. Antes, durante y después del pandémico parto de los montes…carpe diem mientras llega el meteorito.

Y los jóvenes estudiantes hacen bien, porque, desde siempre, en las conversaciones entre amigos universitarios al calor y el sabor de un vinillo o una caña y un pincho de lo que fuere, se ha aprendido y madurado más que intramuros académicos de la docta y sabia casa, y lo supe y lo sigo sabiendo por experiencia. El tugurio “El Candil” o Ipanema, de Murcia, son testigos de lo que digo. Eso que aprenden en la cafetería, las personas que conocen y los pocos libros con que se tropiecen (los buenos libros, como los buenos amigos, siempre suelen ser pocos), será lo que saquen auténticamente útil de los años que pasen en la universidad.

Conocido es, pero no asumido, que desde hace bastantes años, la Universidad española es una poderosa y eficiente fábrica de parados de lujo, que lujo es el título inoperativo colgado en la pared sin titulado ejerciente, y lujo asiático para la sociedad alimentar y mantener la entretenida fábrica. Sin embargo, sistemáticamente, las familias españolas han venido poniendo toda su ambición, su empeño y sus ahorros – para que sus hijos e hijas, cada vez en mayor número estas últimas también (y ya las baronesas superan desde hace tiempo a los varones) – estudien en la Universidad -, de manera que hemos llegado a la situación de que estén en proporción de 1 a 4 los que aspiran a trabajar con las manos y con la cabeza, la todavía cenicienta pero rentable y provechosa Formación Profesional, frente a los que aspiran de hecho (si bien lo piensan, y pensarlo deben) a no trabajar nunca en nada, o a peregrinar por trabajos sobre cuyo desempeño no tienen puñetera idea, después de muchos años de intentar trabajar en lo suyo – que será suyo pero que nadie está dispuesto a pagarles por ejercer de eso suyo – sin conseguirlo.

Los males arrancan de la Ley General de Educación de 1970, aún en tiempo de la Dictadura, una buena y bienintencionada ley educativa del ministro Villar Palasí, que, ante presiones corporativas, que no sociales, que eso entonces estaba prohibido por decreto-ley, decidió tirar por la calle de en medio y hacer universitario poco menos que a todo el mundo. En la alternativa de considerar a la Universidad como una fábrica de profesionales o simplemente como una fábrica de expedición de títulos las más de las veces hueros de contenido o cuando menos socialmente no reclamados, optó por esta última. El establecimiento al tiempo de la Formación Profesional como alternativa de los torpes frente al BUP, contribuyó en su momento a consolidar el descrédito y la falta de consideración social que el trabajo físico (meridionales e indolentes, gandules hasta el fin) ha tenido siempre entre nosotros, o más bien aquel planteamiento fue consecuencia de esa falta de valoración adecuada y justa del trabajo manual, que tanto daría.

La LOGSE de 1990 intentó remediarlo, con la oferta de una Formación Profesional moderna y acorde con las demandas empresariales, coincidentes en gran medida con las demandas sociales reales, no con las imaginarias expectativas de tanto y tanto iluso. Pero el mal ya estaba hecho y llegaron después la efímera LOCE, ley educativa del P.P. en el 2004, la LOE socialista en el 2006 y el famoso Plan Bolonia, que nos iba a poner en la onda europea y que sólo ha servido, junto con el invento infame de las universidades privadas (de toda excelencia y nivel, incluso moral), para multiplicar el negocio de cursos, cursillos, cursetes, cursazos, y másteres ad nauseam, junto a las posibilidades de “ligar” mientras se está estudiando, con proyectos COMENIUS, ERASMUS y no sé cuántas sandeces más, con cargo a fondos europeos, y que, desde mi punto de vista, de poca utilidad educativa han sido, son, y, si es el caso, serán. A la obsesión por la titulitis nobiliaria de otras épocas, la ha sucedido la titulitis academicista, tan vacía e inútil como aquella. Así que tenemos un país repleto de bachilleres, graduados y doctores, muchos masterizados y remasterizados que sí saben hacer la “o”, con canuto y sin él, y que suman a diplomaturas y doctorados (las más de las veces de corta y pega, o sea, de pega) carísimos másteres en no sé cuántas innecesarias chorradas, pero que no son capaces de arreglar un grifo cuando gotea, desatascar la bañera, arreglar un manguito o montar el mueble de bricolaje comprado en el IKEA.

Y sigue siendo éste un asunto urgente y grave porque si queremos que nuestros hijos trabajen y tengan futuro, que desgraciadamente todavía pasa por el trabajo por cuenta ajena, es preciso atender a lo que de verdad cuenta para el ajeno que contrata y paga, que en la mayoría de los casos son especialistas muy concretos en profesiones y oficios que hoy demanda la sociedad. Un oficio, hay que aprender bien un oficio útil para los demás, porque es lo necesario para ser feliz y sentirse realizado en la vida, para abandonar el nido familiar antes de los 25 o 26 años y no más allá de los 35 como ocurre actualmente en España, cuando les quedan apenas 15 años para empezar a ser viejos y aún no han salido del huevo, porque es realmente lo que buscan – por el camino equivocado- muchos de los que acuden a la Universidad. Una buena enseñanza básica, una mejor aún enseñanza secundaria, una preparación cualificada en un oficio, ¡y a trabajar!, que es como los hombres se hacen hombres y mujeres las mujeres, y que es la única manera de ser feliz no siéndolo de todas formas, porque la otra alternativa para serlo sólo es la Lotería, los ciegos, la Bonoloto o las quinielas.

 

De cualquier modo, como no me gusta cerrar caminos, sugiero desde aquí una iniciativa de formación que creo aún poco explorada y que podría quizá tener bastantes posibilidades. Y se la sugiero especialmente a dos ilustrísimas señoras universitarias, con bastante iniciativa y cara (dura) expertas una en Psicología, Irena Montera, ministra de Igual Dá, y otra ministra consorte cuasi plenipotenciaria en Africanos másteres, Begoña Gómez, a la sazón señora de Sánchez, por eso lo de plenipotenciaria y todo lo demás… La propuesta es que organicen un máster multitudinario, baratito a ser posible, sobre las inmensas posibilidades de eso actualmente tan traído y tan llevado y que pocos y pocas saben lo que es, que han dado en llamar “metaverso”, contracción de “metauniverso”, sin nada que ver con rimas y paronomasias, y concepto sobre el que, por cierto, yo me he documentado un poco y tengo una cierta idea de lo que es, aunque me sigue importando un comino lo que a fin de cuenta sea. Estudien, si así lo desean, el metaverso. ¿Por qué no? Antes, los de mi generación, estudiábamos incluso el sexo de los ángeles. Y no vayan a creérmelo del todo, porque está muy lejos en el tiempo pero vagamente creo recordar que incluso llegábamos a sentir “cosquillicas” ante aquella pléyade, corte y cohorte de serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles… guapísimos todos, todas y todes…deseables…

 

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