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La derecha no cree en la democracia Featured

 Diego Jiménez

La intentona golpista de hace unos días en Brasil, dos años después del asalto al Capitolio por las ‘huestes trumpistas’, es una señal inequívoca de que a la derecha se le atraganta la democracia, como quedó sobradamente demostrado con la conspiración y golpe de Estado contra la Segunda República española en julio de 1936.

Particularmente en Latinoamérica, hay una línea de continuidad histórica de golpes de Estado de las derechas cuando éstas han visto peligrar sus intereses de clase. Por citar sólo unos ejemplos conocidos, las dictaduras del general Barrientos (1964) y Hugo Banzer (1971) en Bolivia, precedieron, como es sabido, a la del general Pinochet (1973) en Chile, que, también como es sabido, gozó de la ‘comprensión’ de la Democracia Cristiana, liderada por Eduardo Frei, hasta el año 1975, si bien es cierto que éste se mostró luego opositor al Gobierno de Pinochet. Recordemos que Frei fue presidente de Chile entre el 3 de noviembre de 1964 y la misma fecha de 1970, en la que la presidencia pasó a Salvador Allende. Sin olvidar la dictadura argentina y por citar acontecimientos más recientes, la intentona golpista contra Hugo Chávez en 2002 y, en Brasil, la destitución de Dilma Roussef y la falsa acusación contra Lula demuestran cómo se las gastan las derechas.

Las dictaduras latinoamericanas fueron el ‘laboratorio’ en que experimentar las recetas neoliberales de los ‘Chicago boys’, los discípulos de Milton Friedman. Esas mismas recetas fueron luego puestas en práctica por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, lo que suponía un cuestionamiento del Estado del Bienestar implantado en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Es decir: desaparecido el peligro comunista tras la caída del Muro de Berlín, las derechas, con la lamentable complicidad de la socialdemocracia europea, se aprestaron a políticas de recortes de derechos sociales y de la propia esencia de la democracia. Ya no era preciso recurrir a sanguinarias e impopulares dictaduras; se pusieron en marcha nuevos métodos.

Aun así, el peligro de involución democrática sigue presente, porque, en mi opinión, está incrustado en el ADN de las derechas. Como botón de muestra, los pasados días 18 y 19 de noviembre tuvo lugar en México la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) contra la expansión del socialismo. A ese encuentro acudieron Eduardo Verástegui, amigo y admirador de Trump; el anticomunista polaco Lech Walesa; Steve Banon, exasesor de Trump; Bolsonaro…y, por supuesto, Santiago Abascal.

Preocupados por la expansión del socialismo en Cuba, Venezuela, Colombia, Argentina, Bolivia, Brasil… todos apostaron por el derrocamiento y eliminación de los Gobiernos progresistas, Nótese que, para legitimar sus intentonas desestabilizadoras, los reunidos en México se atreven a calificar de socialistas a Gobiernos que, en muchos casos, no pasan de aplicar tibias medidas sociales contra las crisis cíclicas que soportan sus países.

ECOS DE ESA MAREA CONSERVADORA EN NUESTRO PAÍS. Preocupados también por esa marea trumpista, fuertemente populista y contrarreformista que se extiende por el planeta, y que sin necesitar la presencia del brazo armado militar está recurriendo a la movilización de las masas para ocupar las instituciones de poder, en nuestro país los grupos del Congreso apelan a la responsabilidad del PP para evitar un eventual asalto a las instituciones democráticas, como ha ocurrido en Washington y en Brasilia.

Recordemos que la ‘condena’ de Feijóo de los sucesos de Brasil fue muy tibia. Si en España viene negando la legitimidad del Gobierno de Pedro Sánchez, algo similar debe pensar de Lula, pues no salió en bloque a defender tampoco la legitimidad de su Gobierno. Es más, su portavoz parlamentaria, Cuca Gamarra, manipulando una vez más, se atrevió a decir que, tras la reforma del delito de sedición, los sucesos de Brasilia no pasarían aquí de ser considerados ‘desórdenes públicos’.

Las derechas en España han venido dirigiendo, desde hace meses, sus ataques al Gobierno por la vía de la deslegitimación. Recordemos que Feijóo se atrevió a calificar a Pedro Sánchez como el presidente más ‘autoritario’ de la democracia. Isabel Díaz Ayuso, que considera a Sánchez un ‘tirano’, cree que España se encamina hacia una dictadura. Y Santiago Abascal, sin duda reforzado por las conclusiones de la reunión de México antes citada, se muestra dispuesto a asaltar las instituciones y a triturarlo todo. Incluso se atreve a acusar a Sánchez de perpetrar un golpe a la Constitución.

A partir de lo arriba expuesto, parece claro que las derechas de nuestro país vienen utilizando a sus peones de brega en las instituciones estatales y su poder económico, del que son sus portavoces, para erosionar las instituciones, desgastar al Gobierno y, a corto plazo, llegar al poder. Para ello cuentan con poderosos resortes mediáticos; periódicos, radios y televisiones que han normalizado la mentira con las fake news (falsas noticias) como instrumentos privilegiados de la acción política y con el lawfare (guerra jurídica). Actividades que cuentan con una sociedad anestesiada, acrítica y presa de un discurso ‘cultural’, sobre todo televisivo, en que prima lo chabacano y vulgar.

Parece claro que acontecimientos como el 15M, la eclosión de Podemos y el auge del independentismo en Cataluña provocaron, además del reforzamiento de un sentimiento españolista por parte de las derechas, apropiándose de simbología patria como como la bandera, la apelación a lo que históricamente ha sido una de sus señas de identidad: la defensa del orden. Por encima incluso, como es claramente perceptible, de los resultados de las urnas.

Además de lo expuesto, si hay una institución que aparece como un elemento de cohesión ideológica para las derechas esa es sin duda la monarquía. La función reservada al monarca como el garante de la unidad de España, en contra de las pulsiones autonomistas y republicanas de algunas nacionalidades del país, el hecho de que la Corona ostente el mando supremo de las Fuerzas Armadas y los evidentes lazos familiares e históricos de esa institución con las clases conservadoras del país me llevan a pensar que, en un momento dado (precedentes históricos los hay, recordemos el apoyo de Alfonso XIII a la dictadura de Primo de Rivera), la monarquía podría avalar un cierto golpismo institucional.

El problema para la izquierda, amén de sus difíciles relaciones para conformar un bloque político alternativo y unido, es que se muestra incapaz de conformar un discurso cultural capaz de superar la hegemonía que, en ese campo, ostenta la derecha.

Es evidente que hay un peligro de avance, si no del fascismo, sí del populismo derechista en nuestro país. Por ello esas tendencias retrógradas hay que combatirlas, además de por vía penal, con actuaciones políticas que favorezcan a las mayorías y con unas herramientas ideológicas y culturales que contrarresten esa hegemonía de las derechas. Hay que defender las conquistas democráticas. Porque he llegado a la conclusión que la derecha no cree en la democracia.

 

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