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Fin a la era de la abundancia (¿de quiénes?) Featured

Jesús Maraña / infolibre

Ha decretado el presidente galo, Emmanuel Macron, el “fin de la abundancia”. Y enseguida ha despertado un debate tan interesante y oportuno como cargado del veneno de las trampas del lenguaje. ¿Qué entendemos por “abundancia”? ¿Quiénes deben renunciar a “la liquidez sin coste”? ¿Quiénes deben decir adiós a “los productos y tecnologías que nos parecían permanentemente disponibles”? “No cedamos a la demagogia”, concluía Macron, y en esto último uno no puede sino darle toda la razón. El problema, creo, es la base previa de su reflexión, todo un ejercicio de premeditada ignorancia, de cinismo o –precisamente– de pura demagogia.

Me explico (o al menos lo intento).

Decidir que veníamos viviendo una era “de la abundancia” es desenfocar la realidad o mirarla con las gafas del clasismo socio-económico o el sectarismo político. Si echamos un vistazo a las estadísticas oficiales sobre desigualdad o sobre riesgo de pobreza, Francia (como España) asiste impotente o pasiva al crecimiento de la brecha: uno de cada cinco ciudadanos o ciudadanas vive al borde de la pobreza extrema. Y la frontera ya no es el hecho de tener o no tener empleo: el número de trabajadores pobres se multiplica, en paralelo al crecimiento de la precariedad, la temporalidad, la inseguridad en el empleo.

De modo que esa “era de la abundancia” la vivía (y la sigue viviendo) un porcentaje mínimo de la población europea, un conjunto demográfico a pesar de todo privilegiado, sí, respecto a lo que ocurre en la mayor parte del mundo, pero en cualquier caso una absoluta minoría. Baste como ejemplo el siguiente dato: el número de milmillonarios ha crecido tras la pandemia y la guerra de Ucrania, al tiempo que también se disparaba el porcentaje de ciudadanos arrastrados a la pobreza.

Para ir al grano, existen (al menos) dos formas de enfocar la realidad de la crisis múltiple que afrontamos (la energética, la climática y la de la inflación). Una es la que propone Macron, muy en línea con los remedios neoliberales ya conocidos en anteriores crisis: vienen curvas, así que apretémonos todos el cinturón, practiquemos una “austeridad” generalizada que en realidad sólo practican (o practicamos) quienes nos vemos obligados a la misma. Y dos: ¿qué tal si nos planteamos abordar esa brecha de desigualdad galopante, en la que quienes más tenían multiplican su patrimonio mientras los pobres se hacen más pobres y las clases medias (base objetiva históricamente de todo cambio social o revolucionario) se estrechan en un goteo supuestamente imparable hacia la pobreza extrema?

Asistimos a un bombardeo de datos y supuestas noticias sobre la hiperinflación. Pero muy raramente se ponen los focos en el origen de la misma: el 83% procede de los beneficios empresariales y sólo el 13,7% de los salarios. Expresado de otra numérica forma: la cifra de negocios empresariales lleva 16 meses consecutivos al alza, mientras los salarios acumulan una subida de apenas el 2,6% en 2022.

Pero si a la ministra de Trabajo se le ocurre decir que hace falta “más que nunca” subir el Salario Mínimo, digan lo que digan las patronales, hay sectores políticos, económicos y mediáticos que se echan las manos a la cabeza pronosticando poco menos que el fin del mundo o al menos de la “era de la abundancia”. Convendría empezar a retratar con un poco más de profundidad a la clase empresarial española y a sus altos representantes, que no pierden oportunidad para culpar a las izquierdas, los sindicatos y los trabajadores de todos los males que nos acechan. Y uno se pregunta si en algún momento será oportuno preguntarse por qué la única propuesta que tienen todos esos influyentes sectores para afrontar cualquier crisis es la receta de la “austeridad”. ¿La austeridad de quiénes? ¿De los asalariados? ¿De los pluriempleados? ¿De los millenials? Porque está aún por comprobarse una sola ocasión en la que ante una crisis económica local o global no se produzca lo que los profesores Antonio Ariño y Joan Romero denominaron con lucidez “la secesión de los ricos”.

¿Fin de la abundancia? Bienvenido sea. Se ha repetido hasta la saciedad la respuesta que supuestamente le dio el líder socialdemócrata sueco Olof Palme a un dirigente de la revolución portuguesa que explicó la misma como instrumento para "acabar con los ricos". "Pues en mi país lo que queremos es acabar con los pobres", habría contestado Palme de inmediato. Hoy, cualquier demócrata progresista debería recordar a Palme y tomar la palabra a Macron para matizarle: se acabó la era de la abundancia, vale. Intentemos ahora poner fin a los excesos obscenos y luchemos por reducir la desigualdad y la injusticia fiscal. Es una clave de bóveda del cambio de época y quizás la única forma de fortalecer la democracia.

Fuente: https://www.infolibre.es/opinion/columnas/buzon-de-voz/abundancia_129_1305359.html

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