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Morirse con buena educación Featured

 Bartolomé Marcos

En estos tiempos en los que tanto se habla de la importancia de la Educación, hay que pensar que es precisamente porque lo que siempre se ha entendido por educación brilla por su ausencia. Y la buena educación sigue siendo la clave para todo porque tiene que ver no sólo con los buenos modales, la urbanidad, sino con el respeto que nos deben merecer los demás, guiado por el amor que es natural y por tanto obligado, que nos tengamos a nosotros mismos, como principio básico de la supervivencia. Entrar por la mañana en una dependencia en la que hay personas y no decir “buenos días” puede parecer simplemente una falta de urbanidad, pero es realmente una falta de respeto, porque supone ignorar la naturaleza, semejante a la nuestra, de quienes se encontraban en la dependencia. A un perro o a un gato (aunque vaya usted a saber en estos tiempos tan disparatados también en cuanto a bienestar animal y preservación de los derechos de los irracionales por definición) no sería obligado saludarlos de tal modo, pero a las personas sí. Ceder el caballero a la señora el asiento en el autobús o en la sala de espera de una consulta del médico o del dentista, puede parecer un gesto anticuado de rancio manual de urbanidad, pero en realidad se trata del reconocimiento de que, por lo general, la señora tiene menos capacidad para aguantar de pie que el caballero (aunque, paradójicamente, ellas vivan más tiempo, pero esa es “otra historia”). Reír civilizadamente o sonreír frente a gesticular y hacer el oso, con estridentes e inoportunas carcajadas, puede parecer simplemente una variación de grado o intensidad de la risa, pero en última instancia es la diferencia entre la expresión de la alegría en la humanidad civilizada y el rebuzno ancestral y nada evolucionado del animal llamado “burro” con el que más de un homínido antropoide compite habitualmente y con ventaja en lo que concierne a burradas y burricie, qué le voy a contar que usted no sepa.

Y hasta para morirse hace falta educación. Porque, recuerden ustedes aquello, aparentemente injusto, machista y discriminatorio, que solía decirse en las catástrofes, particularmente en los naufragios, de “las mujeres y los niños primero”, que equivalía a elevar a un grado extremo – el de la propia vida y la supervivencia- la norma dictada por la buena educación de ceder el paso a las señoras. La buena educación mandaba que había que ceder el paso hasta la lancha salvavidas a las señoras, aun a riesgo de quedarse sin sitio en ella. Algo muy duro, pero que uno debía y debe hacerlo por educación, aunque me queda la duda, ahora que lo pienso, sobre si seguirá vigente, en estos tiempos de igualitarismo proclamado a ultranza. Porque esa norma dictada por la buena educación no derivaba tan sólo de convenciones o acuerdos sociales más o menos circunstanciales o más o menos arbitrarios, sino que estaba enraizada en la razón natural y biológica, indiscutible, de la mayor trascendencia de las señoras y de los niños y niñas (en estas por partida doble, al ser señoras en potencia), para la conservación y perpetuación de la especie humana. En ellas, porque ¿qué sería del futuro de la especie sin ellas?; y en los niños, porque potencialmente tienen ante sí expectativas de vida más dilatadas que las que puedan tener los adultos.

Por eso, en estos tiempos de tan mala educación generalizada, es preciso reivindicar la necesidad de la buena educación, incluido también eso que se llama urbanidad con la que a los pobrecitos internos del colegio de León en el que cursé el Bachillerato Elemental, nos sermoneaba el padre prefecto a la hora de comer, en el comedor colectivo, en medio de un silencio sepulcral en el que se habría podido oír el vuelo de una mosca, haciendo referencia a los buenos modales, porque en el fondo (que lo tienen) no son sólo gestos tan superficiales o convencionales como parece y como muchos piensan, y tienen que ver con valores tan hondos como el respeto mutuo, la convivencia civilizada y hasta la supervivencia colectiva. Con más urbanidad colectiva, por ejemplo, “la guerre de l´Ucranie n´aurait pas lieu” (la guerra de Ucrania no se habría producido).

 

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