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Viejas recetas para una nueva guerra Featured

 Jon Rodríguez Forrest / La_u

La invasión de Ucrania por el ejército ruso ha generado una situación sin precedentes en el marco de la Unión Europea y, como consecuencia, ha llevado a una toma de medidas de emergencia vinculadas a paliar la situación. Sin embargo, podemos observar que también está sirviendo para avanzar una serie de objetivos políticos que ya estaban sobre la mesa y que, en este nuevo contexto, se ven reforzados, potenciándose con narrativas que se articulan alrededor de la guerra. La Unión Europea y sus instituciones son agentes centrales en la construcción de estas narrativas y el desarrollo de estas políticas que tienen una clara vinculación con un proyecto estratégico que trasciende la situación actual.

Entre estas políticas, destaca la energética. Esta cuestión es uno de los factores que más impacto está teniendo para la mayoría de los países europeos dado el posicionamiento estratégico de Ucrania en el tránsito de los oleoductos y gasoductos que unen Rusia con la Unión Europea, además de la dependencia europea de Rusia en este ámbito. La respuesta de la Comisión en este contexto no ha sido la de poner en marcha medidas que garanticen una soberanía energética que mantenga los compromisos adquiridos en materia climática. Al contrario, se ha llegado a un acuerdo con los Estados Unidos para la importación de hasta 15.000 millones de metros cúbicos de gas natural más de los que ya se importaban. Las consecuencias climáticas de esta decisión son evidentes dado el mayor impacto que tiene el transporte del gas desde un territorio más lejano donde, además, se utilizan prácticas para su extracción tan lesivas como el fracking.

Tras la invasión del 24 de febrero, una de las primeras decisiones que tomó el gobierno alemán fue precisamente la paralización del gasoducto Nord Stream 2, una obra de ingeniería que, atravesando el mar Báltico, permitiría la exportación directa de gas ruso a Alemania. Se congela este proyecto tras completarse su construcción recientemente, pero no se acaba con la compra de energía rusa a través de otras vías, que solo en el mes de enero supuso unos ingresos de 8.860 millones de euros para Moscú. Es importante tener en cuenta que este proyecto ya estaba muy cuestionado desde antes de que comenzara la invasión. Estados Unidos había impuesto sanciones a las empresas rusas que participaban en el desarrollo del proyecto y el Parlamento Europeo había votado su rechazo al mismo. De esta forma, el actual contexto ha conseguido que se pusiera fin al proyecto alemán del Nord Stream 2, que se había convertido en un símbolo de un modelo de relaciones con Rusia diferente que se había defendido desde algunos países europeos, no vinculada a la política de confrontación que lleva años dominando la posición de la Unión. Este nuevo marco promueve un cambio en el modelo energético europeo sin acabar con nuestra dependencia de los combustibles fósiles. De hecho, se ha abierto la puerta al cuestionamiento de algunas de las políticas acordadas en los últimos años en el marco de la emergencia climática, tal y como ha sucedido en los debates del Parlamento Europeo desde que estallara la invasión.

Otro objetivo que ya estaba ahí antes de la invasión tiene que ver con el proceso de militarización de la Unión Europea. El Marco Financiero Plurianual para los años 2021-2027 recogía por primera vez un encabezado propio para las políticas de seguridad y defensa y la Brújula Estratégica, que ahora vuelve a estar sobre la mesa, estaba planteada mucho antes de que se desencadenara esta situación. La idea de disponer de una fuerza militar propiamente comunitaria, pensada para la reacción rápida y bajo un régimen de estrecha alianza con la OTAN es tremendamente funcional a las políticas de la UE para con los países del Este de Europa que no forman parte de la Unión. Tal y como vemos, en Ucrania no hay una apuesta por la vía diplomática ante la sucesión de conflictos que se han venido desencadenando en esta región, ni se han escuchado las voces que pedían un desarme regional, con especial énfasis en el desarme nuclear. El objetivo es otro: la implementación práctica por parte de la UE de una política regional que no decidimos de forma autónoma. Algo que sí ha conseguido esta invasión que hasta ahora no se planteaba, pese a tensiones externas, es el aumento del gasto militar, además del acercamiento de los países neutrales nórdicos a la OTAN. Sucesivas administraciones estadounidenses habían exigido a los Estados miembros de la alianza que destinaran el 2% de su PIB a defensa, algo a lo que hasta ahora prácticamente todos los países comunitarios se habían negado. Pero la invasión de Putin ha materializado algo que no pudo imponer en su día Trump mediante el chantaje, y muchos países ya se están comprometiendo a alcanzar la cifra. Incluso el Canciller Scholz ha declarado que promoverá una modificación constitucional en Alemania para garantizar esta cifra de gasto.

Mientras el Consejo ha pactado el envío de armamento a Ucrania por valor de 1.000 millones de euros, se genera de forma progresiva una narrativa de excepcionalidad que, pese a la complejidad de la situación, no puede justificar que se deje de trabajar por una verdadera soberanía europea en materia de seguridad humana, que desde luego tiene que asegurar nuestra independencia energética como elemento central. La posibilidad de que se utilice una nueva guerra para poner en marcha medidas que frenen determinados avances, tal y como ha tratado la derecha de hacer en el Parlamento Europeo cuestionando políticas de sostenibilidad por el actual marco en sectores desde la energía hasta la agricultura, no es sino una burda instrumentalización del sufrimiento que hoy vive el pueblo ucraniano. Esto enlaza con el intento de imposición de un discurso único que persigue las legítimas diferencias que surgen en los debates en torno a la respuesta europea a la invasión de Ucrania. Estas tensiones han llegado al punto del señalamiento de los despachos de eurodiputados por sus posicionamientos ante un determinado texto o las amenazas de expulsión de diputados en el Grupo Verde. Estos dos ejemplos son la traslación al ecosistema del Parlamento Europeo de esta tensión generada por quienes están desacreditando cualquier alternativa a la vía militar.

Esto conlleva un riesgo añadido para la izquierda, dado que hay un intento de aislarla en torno a algunas de sus posturas alrededor del conflicto, constantemente señaladas desde la derecha para deslegitimarla como interlocutor válido de cara a otras fuerzas progresistas. De este modo, se acaba con la posibilidad de construcción de mayorías alternativas que comenzaba a abrirse paso antes de la invasión y se construye una dicotomía política articulada en torno a elementos como el envío de armas. Por ello, es particularmente relevante que en estos momentos desde la izquierda mantengamos un discurso de solidaridad internacional, pero también uno vertebrado alrededor de las consecuencias que esta guerra ya tiene para las personas trabajadoras de nuestro país, explicando nuestras alternativas de forma concreta. Este es el único modo de luchar desde una perspectiva popular contra quienes pretenden instrumentalizar esta guerra para avanzar en unas agendas que poco o nada tienen que ver con las necesidades reales con las que nos confronta.

Jon Rodríguez Forrest (@JonSForrest) es responsable de relaciones internacionales de IU y coordinador de su delegación en el Parlamento Europeo.

Fuente: https://la-u.org/viejas-recetas-para-una-nueva-guerra/

 

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