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“Hambre” de España Featured

 Bartolomé Marcos

Como me dé por una les adelanto que están ustedes perdidos, porque me dará por esa solo. Y es que soy maniático perdido y obsesivo, eso sí, con estilo propio, e iba a decir que sin parangón. Y parece que desde la semana pasada me ha dado “hambre” de unas cuantas cosas: Semana Santa y procesiones en mi artículo de la semana pasada, España en el de ésta. Aunque aún no he saciado mi apetito de procesiones, que apetito no era, sino auténtica “hambre” canina.  “Habicas” tiernas con bacalao, bonito o atún de ijá todos los días de este tiempo doloroso, festivo y gozoso de primavera, a despecho de la hipertensión arterial. Claro que ustedes, como lectores, mandan, y ante este coyuntural “volantazo” temático, siempre podrían abandonarme como lectores y dejar de formar parte del selecto club en el que sin duda se inscriben quienes gustan de platos tan peculiares, de “delicatesen” tan poco corrientes como las que yo les asomo cada semana desde esta pequeña esquina-cuadratura de círculo del universo-mundo. Por natural ley de vida, les diré que no me queda ninguna abuela, qué le vamos a hacer.

Saben ustedes seguramente aquello que se decía de los escritores de la generación de 1898. Aquello de que les dolía España. Es curioso que todos ellos eran periféricos, es decir, naturales u oriundos de regiones o provincias con pretensiones de identidad y diferenciación propia. Vamos, como mínimo, muy suyos…aun sin dejar de ser, y de considerarse, como nuestros: Machado, andaluz; Azorín, alicantino; Valle Inclán, gallego; Baroja, Unamuno y Maeztu, vascos. A todos ellos les dolía España, porque se sentían hondamente españoles, sin dejar por ello de sentirse de sus respectivos pueblos, aldeas o territorios. Bonito, ¿verdad? ¿por qué tenemos que renunciar a ese sueño? La balada de “El hombre de la Mancha”, “El sueño imposible”, interpretada por Matt Monro empieza a sonar de fondo en mi cabeza, y la pongo para oírla de nuevo, en Youtube en el ordenador. He de confesar paladinamente que nunca tuve querencia especial por terruño alguno, que me consideré siempre “cosmopolita” (ciudadano del mundo), y que si acaso sentí debilidad afectiva fue por el ovocito primigenio (el vientre de mi madre debía de ser una estancia feliz y confortable, ajustada como un guante a mi tamaño y características. Hasta donde yo recuerdo mi temporada de zigoto, embrión y feto fue felicísima), y por mi pueblo de Cieza (del que el adversa fortuna me desarraigó cruel y demasiado tempranamente, perpetrando así inmisericordemente mi segunda expulsión del Paraíso)…

Los españoles y las españolas tenemos sobrados motivos para sentirnos orgullosos de nuestro país ahora que seguramente vamos, enseguida, más pronto que tarde, a volver a venderlo fuera y dentro de nuestras fronteras, cuando nuestras empresas y establecimientos turísticos recuperen su pulso y normalidad, vuelvan a llenarse de extranjeros, incluso rusos, ¿por qué no?, y los queridos españoles de Galicia, Cantabria, Castilla y León, País Vasco, Aragón, Cataluña, Valencia, Madrid, Castilla la Mancha, Extremadura, Murcia o Andalucía, Ceuta y Melilla y las Canarias, recuperen su impulso vitalista y viajero. Pero, ¿no se dan ustedes cuenta del gran país que tenemos todavía? Somos unos privilegiados, y tenemos aún lo que quizá no nos merezcamos, porque no hemos hecho demasiado para conseguirlo: un país hermoso, cargado de alicientes, de clima privilegiado, donde sólo hace falta que empiecen a soplar vientos de sensatez, honradez y cordura, más trabajo, que se vayan algunos y algunas, y… más Semana Santa y procesiones, más vitalismo existencial latente y cercano (como el que yo percibí en la cena anual de celebración “dormi” del sábado, 9 de Abril, en el Club de Tenis). Y que nos dejen labrarnos ese futuro en paz, aunque sea literalmente así, labrando. A lo mejor resulta que hasta es bueno para mi espalda.

La vertebración de esta Nueva España, tras la dictadura no puede decirse que haya salido bien, ni política, ni económica, ni lingüísticamente hablando. Un batiburrillo de parlamentos autonómico-independentistas donde todo quisque cobra millonadas por ni siquiera hablar, al menos en la acepción de hilvanar palabras con rigor, con seriedad y con sentido; la insolidaridad entre las regiones, la multiplicación del organigrama y la burocracia, el incremento bestial y descarado del enchufismo aldeano, el saqueo de los bolsillos a base de impuestos, el despilfarro manirroto del dinero de todos en sueldecillos, sueldos y sueldazos de escándalo cuyo ídem les da lo mismo, o la instauración de 17 cortes, con sus correspondientes cohortes, en otros tantos reinos de taifas y la absurda torre de Babel generada por la provocadora e insultante postergación del gran tesoro cultural y convivencial del idioma común al que se empeñan sistemáticamente en relegar, no ahorrando esfuerzos ni dinero en ello, en el País Vasco, Cataluña, Valencia o Baleares, ridículas autosedicentes “naciones” de pacotilla, cuya máxima aspiración sería probablemente presidir el desfile de un ejército propio bien armado, pertrechado y uniformado, contar con Ministro de Asuntos Exteriores, selección nacional de fútbol y disponer de representación ante la ONU…¿Caerá también esa breva?

Hoy era “Hambre de España”. Seguiré contándoles algunas más de mis “hambres”… ¡Ah!, y, por favor, porque diga muchas veces España y lo ponga en negrita no vayan a pensar que soy fascista, porque no lo soy. Soy cosmopolita, europeo, español, murciano y ciezano. Así, sin más…y sólo por si acaso.

 

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