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El Abrazo de la Puerta del Sol Featured

David Hernández Castro

Antes de que Pablo Iglesias y Alberto Garzón se abrazaran en la Puerta del Sol, hubo muchos otros abrazos. El más reciente, todavía en la retina de los que asistieron al mitin central de Podemos en la Caja Mágica de Madrid, el que fundió en un alarde de entusiasmo y complicidad al histórico dirigente de Izquierda Unida, Manolo Monereo, con un Pablo Iglesias cada vez menos tibio en sus fobias y afectos. Monereo ha declarado en varias ocasiones que se trató de un acto espontáneo. Pero a una semana de las elecciones generales, todos se abalanzaron sobre la caja de herramientas de la hermenéutica para interpretar el abrazo. Para algunos, era el sello de una traición. Para otros, parafraseando a Marx, el símbolo del porvenir. Podemos leerlo en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: «La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir». La pregunta que todos se hacen es: ¿Cuál es el futuro que anticipa el abrazo entre Pablo Iglesias y Alberto Garzón?

No hay que ser ilusos. Las razones por las que ahora ha salido a flote un acuerdo de coalición que seis meses antes encalló estrepitosamente, tienen más que ver con el fruto de la necesidad que con un repentino esclarecimiento de sus responsables políticos. A pesar de las declaraciones de Iñigo Errejón, cuando afirmó que las condiciones para una coalición entre Podemos e IU estaban «más maduras», lo único que ha madurado realmente es el manejo de la calculadora. Detrás del abrazo de la Puerta del Sol, hay una toma de conciencia de la necesidad, pero no la conciencia de que por encima de esta necesidad, instrumental, contingente y aritmética, hay un imperativo de un orden mucho más profundo e intensivo: remover todos los obstáculos que impiden que la indignación del pueblo pueda articularse en un verdadero sujeto político y social. Porque no nos engañemos. Ese sujeto no es Podemos, ni IU, ni las Mareas. Pero no por las limitaciones que estos proyectos puedan tener de cara a la representación del pueblo, sino porque el pueblo, si está llamado a conformarse en un sujeto político, no puede delegar el acto de su constitución. El primer acto instituyente de una sociedad autónoma, como bien sabía Castoriadis, es la institución del «nosotros». Y el «nosotros», aunque en su proceso de constitución se exprese a través de organizaciones políticas, Podemos, IU, las Mareas, es algo mucho más importante: somos nosotros y nosotras, las personas comunes, explotadas y abandonadas a nuestra suerte, cuando hemos tomado conciencia de que solo nos salvaremos si cuidamos las unas de las otras. Esto es lo que empezó a cristalizar el 15-M. Pero todavía está por-venir. Y lo seguirá estando mientras pensemos que alguien, un partido, un líder carismático, o una suma de los dos, puede salvarnos. El abrazo de la Puerta del Sol, por la cantidad y la intensidad de las personas, redes y afectos, que podrían movilizarse en torno a la expectativa del cambio, podría ser llave que desbloqueara la constitución del nosotros. O podría no ser nada. Todo depende de si dejamos a un lado la calculadora, y empezamos a pensar con el corazón.

Y digo pensar con el corazón. No porque debamos dejarnos hipnotizar por los afectos, sino porque todas nuestras razones no sirven para nada si no las armamos con la intensidad de nuestros afectos. El abrazo de la Puerta del Sol es un riesgo. Pero también una oportunidad. Si nos atascamos en las torpezas y limitaciones, nos encontraremos con una suma que resta. Pero también podemos optar por dejar de pensar en las plumas que todos han perdido antes de llegar a este acuerdo, e intentar desbordar las premisas de partida. Y esto significa que abandonemos de una vez el cálculo de probabilidades y empecemos a construir nuestra identidad sobre certezas políticas.

En el centro de todo, cómo no, está la democracia. Esa es la mayor certeza política del 15-M, y la más injustamente maltratada cuando se trata de ponerla en práctica. La democracia no es Pablo Iglesias y Alberto Garzón abrazándose democráticamente en la Puerta del Sol. Ni tampoco las tensas (y opacas) reuniones que hicieron posible este abrazo. Sería bastante pobre pensar, por otro lado, que la democracia se reduce a las precipitadas consultas con las que los firmantes del acuerdo han intentado legitimarlo democráticamente. Hablamos de otra cosa. No del pasado, sino del futuro. Un acontecimiento que puede despertar la conciencia del pueblo, y donde la indignación se apropie de las herramientas políticas que han surgido al calor suyo para liberarlas de la pesadez de la calculadora. Pablo Iglesias y Alberto Garzón han hecho lo que han podido. No nos van al salvar a base de abrazos, pero con sus errores, y sus aciertos, nos han dado otra oportunidad. Podemos dejar que el cinismo haga mella en nosotros, o aprovecharla. Hacer de este acuerdo algo más relevante que una simple argucia para arañar escaños. Escribamos la hoja de ruta. Rompiendo paredes. Derribando compartimentos estancos. Nuestros enemigos han socializado sus pérdidas repartiendo dolor. Socialicemos nosotros y nosotras la alegría repartiendo esperanza. Hagamos que Pablo Iglesias y Alberto Garzón se conviertan en algo más grande que ellos mismos. Porque no importa lo que fuimos, sino lo que podemos ser. Democraticemos los abrazos. Y escribamos, nosotros y nosotras, la poesía del porvenir.

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