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GAME OVER Final de milenio: felices y tontos Featured

Bartolomé Marcos

Este –el del subtítulo- era el título de un artículo que publiqué a finales de 1998, cuando se acercaba el año 2000 y estaba bastante de moda la “crisis milenarista”, la psicosis de que el fin del segundo milenio nos iba a traer catástrofes sin cuento y sin medida; como así ha sido, por cierto, aunque ya están incorporadas a nuestra resignada percepción de que “la vida es así”. Ahora no estamos en el final del milenio. Sólo en la prórroga del final del segundo, que acabó antesdeayer.

Escribía yo por entonces que no quería vivir en un mundo orwelliano. Tampoco lo quería el propio George Orwell cuando muchos años antes, en 1949, había publicado su premonitorio relato de ficción (¿) en el que el protagonista era un distópico universo totalitarista que hace tiempo nuestro mundo dejó atrás para superarlo con creces. 

Tampoco Orwell lo deseaba, no, pero supo anticipar con bastante fidelidad cómo habría de ser la sociedad de 1984 (la que daba título a su novela), la de 1998, cuando publiqué por primera vez este artículo, y la de 2017, en la que la realidad –en la misma línea fabulada por el pensador y escritor británico- supera ampliamente a la ficción.

Como tampoco lo deseaban y tampoco se equivocaron otros soñadores de un futuro casi siempre negro (o sea de pesadilla), como Aldous Huxley (“Un mundo feliz”), Pierre Boulle (“El planeta de los simios”), Arthur C. Clarke (“2001, una odisea del espacio”), Isaac Asimov (“La Fundación”) o Ray Bradbury (“Farenheit 451”). Cada uno presentó su propia visión del futuro, o sea, de este presente nuestro actual, con estilo narrativo y perfiles diferenciados, pero coincidente en muchos aspectos: individuos fabricados en serie en probetas y tubos de ensayo, o socialmente modelizados, más o menos  felices en su condición, junto al predominio y omnipresencia de la tecnología. Lo que hace cincuenta o sesenta años, o incluso veinte, podían parecer alucinaciones o elucubraciones exageradas de torturadas y tortuosas mentes insomnes hoy se confirma como cruda y dura realidad a poco que analicemos mínimamente lo que vemos a nuestro alrededor: un mundo cotidiano doméstico y domesticado, en el que pululan por doquier lucecitas de colores y pitidos más o menos estridentes que reclaman incansables nuestra atención, y atónitos y catatónicos seres de humana apariencia encandilados con el invento hasta el estupor.  

Empiezo a no entender el mundo, o es posible que haga ya mucho tiempo desde que empecé a no entenderlo. Es justo reconocer que hace más tiempo aún que el mundo no me entiende a mí. Creo que va siendo hora de levantar la bandera de la individualidad responsable; hora de empezar a afrontar nuestro futuro, si es que futuro hay, como personas y como especie, lejos de la muelle, inane y decadente contemplación de las pantallitas, que nos despersonalizan, y donde casi siempre están los otros y su tonta y hasta tontísima felicidad, y donde (léase redes sociales) si llegamos a estar nosotros, estaremos tan tontamente como ellos.

Lo peor de todo es que, aunque yo pueda materialmente escribir esto que escribo, la suerte está echada, la partida rematada y perdida para los simios inteligentes frente al gran Gorila. Y no hay remedio. La gente ha aceptado, resignada y hasta gustosamente, su destino. El mundo en que vivimos, profetizado por la mejor literatura de ciencia-ficción desde hace décadas, es así, es esto y no tiene remedio, aunque, entre tanta lucecita intermitente que reclama nuestra atención, todavía brilla, más o menos tenue y tímidamente, alguna que otra luz, y entre tanto y tanto pitido, aún puede escucharse, de vez en cuando, el silencio.

La semana pasada  Carrie Fisher, la princesa Leia de “La guerra de las Galaxias”, moría víctima de un ataque al corazón. En vida, Carrie Fisher  dedicó gran parte de sus memorias a destripar sus vicios y sus inseguridades: "Pensaba que tenía que gustarme todo lo que hacía. Y para eso tenía que tomar un montón de drogas. Si esperas ser feliz y sentirte cómoda toda la vida, puedes convertirte en drogadicto o alcohólico. Que es obviamente en lo que me convertí".

Lo dicho: felices y tontos. Todos somos Carrie Fisher. Game over.

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