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…y el trumpismo mutó en fascismo ultra atlántico Featured

Pedro Costa Morata/cuarto poder

"El asalto al Capitolio es un episodio neofascista, ampliamente identificable con los fascismos históricos europeos"

"China aparece como una de las más directas causas del trumpismo como engendro de la historia"

"Trump ha acuñado un trumpismo masivo que producirá una numerosa camada de líderes populares y populistas"

Se le veía dispuesto a todo, aunque casi nadie podía sospechar que llevara sus amenazas hasta el punto en que lo ha hecho, en una democracia casi universalmente considerada consolidada, ejemplar y hasta brillante. Pero sí se ha cumplido lo inimaginable: el derrotado presidente norteamericano Donald Trump, que decidió que le iban a robar las elecciones antes de que se celebraran, se llenó de razones cuando las perdió y, ahora, cuando ha visto rechazadas todas sus reclamaciones por el sistema legal vigente, ha decidido pasar a la acción antisistema, promoviendo el asalto del Capitolio por sus seguidores.

Esto es un episodio clarificadoramente neofascista, en sintonía con los tiempos y ampliamente identificable si le prestamos la debida atención, con los fascismos históricos europeos. La primera nota descriptiva del fenómeno fascista –y, aparentemente, la más visible y “fundada”–, tal y como se reveló en Europa en los años 1920 y 30, es la sensación extendida de una derrota reciente y humillante, que en los casos de Italia y Alemania fueron sus tremendos descalabros de la Primera Guerra Mundial, y en el de Estados Unidos es la pérdida sensible de hegemonía frente a un mundo muy cambiante en el que aumentan los países que desafían su prepotencia; no ha habido derrota militar, stricto sensu, pero en la historia reciente norteamericana pesa la multitud de guerras en que se implica con arrogancia, pero que no gana. Make America great again es el eslogan de Trump, típicamente nacionalista, ideado para ofrecer a una opinión pública afectada por todo tipo de pérdidas y decepciones, la recuperación de la supremacía mundial, además de mejoras socioeconómicas que la degradación del sistema internacional ya no contempla, y promesas, sin posible encaje histórico, de recuperación del pasado e incluso la revancha.

La segunda, en consecuencia, es el soterrado miedo, bajo un furor indisimulado, ante la China capital-estalinista, una poderosa maquinaria de crecimiento económico e innovación tecnológica que avanza, casi imperturbable, ante su próxima y cantada hegemonía, que muchos creen más rápida de lo imaginable y cuya irreversibilidad resulta insoportable para los Estados Unidos (con o sin Trump), pero que este político insensato vive como insoportable. Por eso, el segundo eslogan de su mandato ha sido, más o menos, el de que “China es culpable”, con el que pretende ocultar las causas profundas de la decadencia y del fin de un predominio planetario que ya no es, ni puede ser, indiscutido ni indisputado: China aparece, así, como una de las más directas causas del trumpismo como engendro de la historia y generador anunciado de muy serias crisis nacionales e internacionales.

China se alza como un obstáculo irritante ante el expansionismo atávico de Washington que, por ser actualmente  insostenible, produce una frustración adicional. No obstante, y para cumplir con el recurrente imperialismo fascista, y como tercera nota de nuestro análisis, los Estados Unidos intentan un imperialismo renovado y selectivo, que ahora se dirige hacia el Pacífico como un mar que, aunque tradicionalmente se ha considerado propio, ahora se sabe que hay que disputarlo con una potencia mucho más temible que el Japón de los años 1940, y que es esa China que, por contraste con su habitualmente tranquila política exterior, se muestra intransigente en los mares contiguos a su imponente continentalidad, donde no está dispuesta a que se le cerque, arrincone o humille.

La cuarta, también netamente fascista, es el racismo instalado en la sociedad y el sistema político norteamericanos, que es alimentado por la historia en un país en el que la esclavitud de millones de seres humanos sigue constituyendo una seña de identidad, pero que empieza a ser desafiado con fuerza; un racismo que se ha extendido, también desde hace mucho, hacia los no estrictamente blancos (esos caucásicos, como instituye la legalidad), afectando sobre todo a los hispanos. El hegemonismo estadounidense, iniciado en el continente americano al poco de constituirse el nuevo Estado, ha conllevado un dominio político y económico brutal sobre los demás países del continente (con el caso aparte de Canadá, claro, en manos de parecida élite caucásica), y ha conferido el papel de inferiores y sometidos a esos millones de latinoamericanos que, cuando emigran al poderosos e ingrato vecino del Norte, sufren todas las vejaciones de la xenofobia supremacista.

A esto hay que vincular, como quinta nota, adherida a la anterior, que los Estados Unidos son un país formado por una emigración europea en gran parte víctima de la persecución religiosa, irreductiblemente puritana y muy pronto afectada por el fanatismo que resultó de su enfrentamiento con las poblaciones preexistentes; pueblos aborígenes aniquilados por imperativo divino, ya que fue Dios quien distinguió a esos heroicos peregrinos (los “Padres fundadores”) y quien respaldó y confirió, a la nación resultante, con un “destino manifiesto” de superioridad indiscutible sobre los demás pueblos y países… Ese integrismo subyacente se encuentra hoy aumentado con el evangelismo liberaloide, producto típicamente norteamericano que constituye, por su mensaje religioso-crematístico (el Cielo, a cambio del diezmo), un elemento captador de mentes y conciencias dentro y fuera del país (afectando sobre todo a los países latinoamericanos, en algunos de los cuales ya aventaja al catolicismo).

La sexta nota, de modelo de acción, es la bronca, el exabrupto y el estilo populista y callejero, con mucho de intimidación: una patente que ya implantaron, y explotaron, Mussolini y Hitler, con comprobados resultados en su avance ante esa opinión pública falta de perspectivas y necesitada de promesas y señales de cambio. Y en esa marca se ha de incluir el altercado electoral que, sorprendentemente, siempre dio buenos resultados. Los mítines del presidente Trump, ajenos a las pautas democráticas y que rememoran a los fascistas de antaño, son sistemáticamente una excitación a la violencia, sea esta social o económica, en desafío de lo legal.

Trascendental en todo fascismo es el culto al líder, aunque aquí lo traigamos como séptima nota y se haga necesario matizarlo en relación con el de los dirigentes fascistas europeos de hace cien años. Cultos, pero fanáticos, ególatras y llevados por un impulso criminal, aquellos fueron producto de las circunstancias históricas y políticas del momento; Trump se les parece mucho en el fondo, aunque parezca que no cumple los rasgos personales que más claramente los caracterizaron, singularmente su ignorancia y estupidez, así como el desparpajo con que exhibe sus carencias.

También como en el caso de sus dos canallas precedentes, Trump ha perdido unas elecciones, pero se prepara para ganar otras, quizás las siguientes. A este líder autoritario de nuevo cuño le sigue una masa fanatizada de 70 millones de votantes, que es un acontecimiento que no vivieron ni Mussolini ni Hitler, que tuvieron que esperar a sucesivas elecciones para lograr un respaldo democrático decisivo. Esta es la octava nota: Trump ha acuñado rápidamente un trumpismo masivo, que ya no es de matiz marcadamente familiar, sino que producirá –si es que no la ha aflorado ya– una numerosa camada de líderes populares y populistas, creyentes de su mensaje y entusiastas de su estela de empresario triunfador y político heterodoxo y decidido. Unos fieles seguramente extraídos de esa masa más bien inculta y, en consecuencia, borreguil y fanática, que sabemos que existe en los Estados Unidos y en la que ha ido creciendo –otra similitud con los fenómenos autoritarios del periodo de Entreguerras, tan real como difícil de explicar– la fracción obrera, empleada o desempleada, a la que ninguna izquierda ha querido, o sabido, atender.

Este de Trump, pues, es un fascismo que promete, que seguramente va a consolidarse en los próximos cuatro años y que tiene de oponente a un Partido Demócrata acomplejado y a un presidente electo que, por su falta de carisma y de vigor, será muy fácil rival para el furibundo despechado.

La novena nota de este fenómeno inquietante ha de relacionarse, en efecto, con el monumental fracaso del Partido Demócrata, que ha acabado encuadrando a una buena cantidad de señoritines con licenciatura y cartera de valores, practicantes de las mismas políticas antisociales que sus rivales republicanos y con un distanciamiento creciente de sus propias bases, que han mudado su interés hacia otras expectativas (Las encuestas señalan que hasta los 100.000 dólares de renta, los votantes ya prefieren a los demócratas, con tendencia a ir ampliando este umbral).

Acabemos esto con una nota décima, de neta diferencia entre este fascismo trumpista y el clásico. Por contra al antisemitismo del fascismo histórico, que así sigue distinguiendo a una mayoría de los partidos ultraderechistas europeos, este de Trump está singularmente “tocado” por un pro judaísmo que supera lo meramente familiar (es de destacar el papel que representa en la política, sobre todo exterior, de la Casa Blanca, el yerno Jared Kushner, dilecto representante de lo más granado de la aristocracia judía norteamericana de los negocios). Esto se traduce en un israelismo íntimamente adherido al fascismo trumpista, como se contempla en su política exterior, intensamente alineada con el Estado sionista de Israel e implacablemente anti palestina. Esta política no es nueva, y hasta ahora no distingue a demócratas y republicanos en el posicionamiento incondicional con ese Estado, pero se ha exacerbado con Trump y su familia en el poder. Buscando una explicación específica u oportuna (por más que innecesaria), cabría subrayar que los tiempos han ido marcando una coincidencia extraordinaria del evangelismo norteamericano y el profetismo israelí, basada (por decir algo) en la homogeneidad ideológica de dos naciones distinguidas por Dios y, por tanto, de destino (supremacista) manifiesto.

Fuente: https://www.cuartopoder.es/ideas/opinion/2021/01/08/y-el-trumpismo-muto-en-fascismo-ultra-atlantico/

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