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“Cuando hay dificultades en España siempre hay un tío de BCN, un Illa” Featured

Guillen Martinez/ctxt.es.- Enric Juliana (Badalona, 1957) es el analista político del momento. El momento, en el periodismo, no suele ser una construcción líquida. Requiere estructuras, apuestas, formación, criterios abiertos y no dogmáticos –elementos caros, no instantáneos, de difícil aprehensión en solo un momento– que el periodista comparte con sus lectores. Acaba de aparecer Aquí no hem vingut a estudiar–en la edición en castellano Aquí no hemos venido a estudiar, también en Editorial Arpa–. Se trata de un libro ambicioso, sólido, de gran itinerario, que explica una gran discusión entre dos líderes comunistas, en la temida Cárcel de Burgos de los años 60. La discusión es, a su vez, un universal de la política, un contraste entre el análisis y la acción. Entre estudiar y hacer. El libro, por otra parte, es una juerga estructural. En pequeños capítulos, con ritmo musical, aparece buena parte de la historia política opositora del interior y del exilio, la exposición de un fragmento de historia mundial –la Guerra Fría; se habla poco de ella, si bien en ella se forman buena parte de las cosmovisiones actuales, y se redacta la CE78–, el cambio del Franquismo autárquico al desarrollista, y la historia del PCE, ese objeto que, como explicaba Gregorio Morán, está repleto de grandeza y miseria. Todo ello a partir de la biografía, y de la grandeza, de Manuel Moreno Mauricio, cuadro comunista detenido en 1946 y que estuvo 17 años cumpliendo condena. Como el autor, era de Badalona, una polis catalana/italiana autosuficiente y con referentes propios. El autor le conoció de adolescente. Era amigo de su abuelo y, además, desde la discreción de la clandestinidad –Juliana, siendo un menor, militó en la agrupación Centro de Badalona del PSUC, desde la ilegalidad hasta la implosión en el 81–, fue una persona que produjo en el autor una gran huella intelectual y ética. Hoy, esa persona es un libro. Un libro de un periodista debe de ser un ejercicio de mayor libertad y profundidad, incluso, que sus escritos cotidianos. Quedo en casa de Enric Juliana para hablar de ese libro, a partir del cual se esbozan itinerarios posibles del progresismo y las izquierdas. O, simplemente, de la política, esa capacidad de ver o de ser miope. Y va y me hace un tonyina, me sirve unos tomates muy meditados –el tomate, ese objeto tan serio en Catalunya e Italia–, y un vermentino sardo. 

Este libro parte de un recuerdo o vivencia individual y profunda, a la que el libro no alude en detalle. ¿Cuál es?

En ocasiones tienes una persona en la vida, puede ser tu padre, tu abuelo, que ha sido como un maestro. Te ha enseñado cosas. En mi caso, esa persona de la que considero que aprendí muchas cosas fue Manuel Moreno Mauricio. Lo conocí cuando tenía 15 o 16 años. Imagínate conocer a alguien, en 1973 o 1974, que había pasado 17 años en la Cárcel de Burgos. Era amigo de mi abuelo, mecánico metalúrgico, con quien había trabajado. Para mí era un segundo abuelo. Y, de alguna manera, un segundo padre. Me influyó mucho su mirada. Le tenía un gran respeto. Le escuchaba, y él explicaba cosas, a trozos. Aprendí de él cosas fundamentales de la política y de este país. Era una de esas personas que, en un momento determinado, te influencian mucho. Probablemente, tenía que haber cogido un magnetófono, que es lo que había entonces, y recoger sus conversaciones. Pero no era esa mi mirada en aquel entonces. Mis conversaciones no eran para recopilar información, sino para aprender. Tras su muerte, en 1983, siempre me quedó la cosa de que tenía que escribir sobre él. En el año 2008, en el centenario de su nacimiento, el Museu de Badalona me pidió, para su anuario, una semblanza de él. Escribí 20 folios, pero a medida que iba escribiendo, iba hablando con testigos y vi que aquel texto tenía que ser algo más. Un libro. Durante 10 años he recopilado información, personas que le conocieron, he puesto en orden lo que sabía y, lo que no sabía, lo he ido a buscar a archivos. He ido a los archivos del Ejército a buscar información sobre los Consejos de Guerra, por ejemplo. Los militares, por cierto, eran absolutamente metódicos. Ahí está todo. Lo guardaban todo. 

Alude en su libro a que en los interrogatorios de Moreno la policía disponía de material gráfico extraído del PCE...

En el caso de Moreno no hay información personal sobre él, pero sí una cosa que me llamó la atención. Él era el responsable de acción sindical en el interior, en 1946, poca broma, un momento en el que el Franquismo, que había matado mucho, aún no había matado la raíz republicana. Moreno siempre explicaba que en aquel momento habían conseguido una afiliación importante para la UGT en Valencia. Entre los papeles que le encuentran hay una revista ciclostilada: Evolución. Órgano del Partido Laborista.Eso me sorprendió. Efectivamente, en aquel momento especial, en el que nadie las tenía todas, y el Régimen tampoco, el Régimen, el Sindicato Vertical por lo visto apostó o toleró esa opción, formulada por sindicalistas moderados, como Pestaña, y falangistas.

¿Eso culmina con el cinco-puntismo? (Cinco puntos pactados entre una escisión de la CNT del interior para integrarse en el Sindicato Vertical, en 1965)

Acabó cuando el Régimen se sintió seguro, y los detuvo a todos. Casualidades de la vida, mi suegro me explicó que su padre fue detenido, a finales de los 40, por pertenecer al Partido Laborista. Entre 1945-47 hay mucha gente que creyó que esto podía cambiar, incluso dentro del Régimen. La publicación que encontré en el sumario era muy interesante. Explicaba que había habido un sindicalismo revolucionario, y luego una represión reaccionaria. Buscaban una opción reformista. Decir eso en aquel año no era una majarada. Señala un momento político, en el que todos jugaban fuerte.

El libro va más allá de la biografía y es muy sensible a la interpretación por parte del lector. Planteas cuatro momentos de cambio. Cuatro momentos en los que la política era posible. Uno en plena dictadura unplugged, otro en el Plan de Estabilidad, otro en los Pactos de la Moncloa y otro en la actualidad. Mi sensación es que planteas cuatro momentos éticos y políticos de las izquierdas españolas, en el trance de tomar decisiones, que no siempre han quedado resueltos. ¿Es posible?

Estoy a favor de la memoria histórica. Pero hay un aspecto en todo ese discurso que me carga un poco. El exceso de sentimentalización, en detrimento de la contextualización política. Se debe hacer un esfuerzo para entender cada momento, en todas sus dimensiones. Y ese es un esfuerzo político. Hay una intoxicación sentimental. Y me temo que irá a más. Ahora parece que todo se establece en guerras de sentimientos. Pero Moreno y su generación eran antisentimentales. No puedes hacer un homenaje a un antisentimental haciendo un libro sentimental. Eso sería traicionarles. Debes ser fiel a su textura real. Y hacer, por tanto, una reivindicación de la política, que es lo que ellos intentaron. Creían en una cierta racionalización de la situación. El libro va de eso. Reivindicar la mirada política. Hay tres momentos cruciales. El 46, cuando acaba la guerra y parece que hay una oportunidad de cambio en España. En lógica, un régimen impuesto por el nazismo –la única dictadura de este tipo en Europa; ese no fue el caso, por ejemplo, de Portugal, otra dictadura–, debería haber caído. Y no cayó. Aguantó. Por dictámenes geopolíticos. Si no hay una alternativa muy fiable –que no se fabrica; no la hizo don Juan, el único que podía haberla hecho–, aquí no se moverá nada. Eso creó una extraña situación, muy fastidiosa para los españoles: las democracias occidentales no se atrevieron a un juego cínico, como invitar a España a la ONU, sino que aislaron el Franquismo sin matarlo. Lo que generó la esperanza de que el Franquismo podría caer. Durante 2-3 años esa esperanza funcionó. En esos años hay personas que se juegan la vida para intentar hacerlo caer.

¿Cuál es el error de lectura del PCE en aquel momento?

No creo que lo hubiera. Al inicio del libro explico que la política es entrar en los engranajes de la historia sabiendo que te pueden trinchar. Y ellos lo sabían. El libro es un homenaje a esa actitud. Hay un segundo momento, entre 1960-64, cuando se comienza a aplicar el Plan de Estabilización, que comienza a producir cambios fortísimos en la vida social española, que provocan unas reacciones sociales inéditas. El Franquismo autárquico se acaba. Comienza otra cosa. Hay huelgas, protestas y, esto es muy importante, la Iglesia empieza a cambiar. Y claro, hay diversas interpretaciones de todo ello. Hay quien cree que eso significa que el Franquismo está acabando, y hay quien cree que eso significa, simplemente, que las condiciones de vida de la gente están mejorando, y que la gente está perdiendo el miedo. No es lo mismo perder el miedo que rebelarse contra el Franquismo. Y eso da pie a la discusión política más importante en España desde el final de la Guerra Civil hasta ahora, en la Cárcel de Burgos.

¿No se produjo en ningún otro sitio? ¿En México o Francia, por ejemplo?

Se produjo en el PCE, que era él único partido que podía generarla. Era el único partido que operaba. El PSOE estaba en la nevera, y el resto de partidos eran muy pequeños. La discusión es entre quienes interpretan que las huelgas en Euskadi, etc., son la prueba de que el Franquismo está a punto de caer, dadas sus contradicciones internas insuperables, y los que dicen que el Franquismo está ensanchando su base social gracias al Plan de Estabilización, y que eso provoca conflictos, pues la gente empieza a vivir bien. Es una discusión muy difícil de resolver. Y la tiene solo el PCE, no por otra cosa, salvo por ser un partido político. Tenía la organización como para hacer eso. El problema del PCE es que en los años 60 nace la cultura pop: el disidente es guay, y llevar la contraria, mola. Si aparte de ser un partido clandestino, el PCE hubiera tenido mecanismos de discusión interna para que una discusión como esa no finalizara en expulsiones, depuraciones, hubiera sido otra cosa. Pero no se le podía pedir eso al PCE. La discusión fue sin encuestas, solo con olfato. Quién lo tuvo más claro fue Javier Pradera, en el interior. Se le tiene que reconocer.

Si se hubiera aceptado el punto de vista de Moreno, en Burgos, o el de Pradera en el interior, o el de Semprún y Claudín en Francia, ¿qué hubiera cambiado?

No lo sé. Hay una discusión casi teológica, entre objetivismo y subjetivismo, que está bien. A Sermprún y Claudín les acusan de objetivismo. En el fondo les están diciendo que el objetivismo –valorar el Franquismo como algo no en crisis, y de larga vida– enfría. Y para derrotar el Franquismo es necesaria la pasión. Las personas deben creer. Explicarles la situación les desmoviliza. Ramón Ormazábal –dirigente del PCE-EPK y el rival en esta discusión de Moreno, en la Cárcel de Burgos–, en un punto apoteósico-barroco de la discusión, dice que el objetivismo es subjetivismo antirrevolucionario. La limitación del PCE es que esa chispa disidente, y esto es interesante para el momento actual, no la sabe transformar. Ahora que se habla tanto de energía, de cómo reaprovechar la fuerza, cómo se transforma, ¿cómo se suma la energía creada en discusiones como aquella?

La sensación es que fuera del Estado se planteaban más temas y más importantes en el futuro que dentro del Estado. 

Dentro del Estado hay algo muy importante que es la gente del Plan de Estabilización…

Los del Plan de Estabilización y los de la Policía son, por razones diversas, los que están más contacto con la sociedad, se diría.

Sí, pero los tecnócratas del Plan de Estabilización son fundamentales. Yo he intentado poner mucha atención sobre la figura de Juan Sardá Dexeus, primero porque es poco conocido y es interesante que se conozca. Y, segundo, porque a mí me gustan mucho las paradojas. El hombre que dibuja y hace la economía de guerra de Josep Tarradellas en el 37 es el que saca a Franco de la economía de guerra, en 1959. ¿Lo hace porque es un traidor? No, lo hace porque Sardá Dexeus es un semilaborista.

Yo he visto llorar a Fabián Estapé –discípulo de Sardá, comisario adjunto del Plan de Desarrollo, 1971-74– mientras decía que había salvado el franquismo que, si no hubiera sido por él, hubiera muerto por sí solo.

Ellos vivían una contradicción. Ellos tenían la idea de que España solo podía avanzar hacia un sistema democrático si se conseguía un cierto bienestar económico. Trabajan en esa dirección. Y un hombre como Sardá, que no se le puede acusar a posteriori de haber sido un “carrerista”, porque no hizo carrera política, era un hombre de la burguesía de Barcelona que estudió en la London School of Economics, en los años 30. Fue simpatizante de ERC, conoció a Tarradellas y le ayudó a hacer los decretos del 37. Cuando vio que la guerra se acababa, se fue a Francia y, luego, a Burgos porque ahí había un familiar suyo que ocupaba un lugar importante en el entorno de Franco, que consiguió blanquearlo para que no le pidieran responsabilidades. Acaba de catedrático de Economía en Santiago de Compostela, y un día recibe una oferta para trabajar como asesor en el Banco Central de Venezuela. Allá entra en contacto con el FMI, y Navarro Rubio, ministro de Hacienda, cuando quiso poner en marcha la superación de la autarquía, buscó a un español que estuviera conectado con el FMI y le ofreció venir a Madrid como director de estudios del Banco de España. Este señor salva el Franquismo. ¿Qué hubiera pasado si no se hubiera producido esto? No lo sé. Según el PCE, el Régimen estaba condenado al colapso.

¿Fabián Estapé tenía razón al llorar?

Tenía una contradicción. Era el comisario adjunto del Plan de Desarrollo. Tenía un despacho en el piso de arriba del de Carrero Blanco y jugaban al millón y era amigo de Manolo Sacristán, el gran pensador marxista español. Esto te explica la realidad de las cosas. Y también te explica estas incursiones catalanas continuas. En el mundo español, cuando están con dificultades las cosas, siempre hay un Salvador Illa. Siempre hay un tío de Barcelona…

¿El PCE no entendió el Plan de Estabilización?

Yo creo que no lo entendió porque aceptar que el Régimen duraría ocho años más era muy difícil. Creo que Claudín y Semprún tenían razón –personalmente tengo más aprecio por la figura de Claudín que por la de Semprún–. Y de hecho Carrillo lo que hizo en el 76-77 es recoger sus tesis porque se demostraron que eran ciertas.

Demasiado tarde, ¿no?

Sí. Ellos lo que plantearon es que el Régimen iba a durar tiempo, que habría un momento en el que evolucionaría hacia un sistema democrático con la monarquía y que habría dos partidos: uno moderado y otro socialista y que, si el PCE no actuaba provisoriamente, serían marginados. Eso ya en los 60. Se plantean, pues, aprovechar todos los resquicios legales para avanzarse a esa situación. En el fondo lo que planteaban era convertirse en el Partido Socialista. Pero el drama era que el PCE difícilmente podría convertirse en el PS. Podía hacer la política del partido socialista o aproximarse a esa política socialista, que es lo que hizo, pero no podía ser el partido socialista porque para eso tenía que ser un partido atlántico y no lo era.

Tengo la sensación, y más leyendo el libro, de que el staff  PCE lo sabía todo mucho antes: sabía la opción monárquica, que era más que eso, y que tenían que ser una opción socialdemócrata.

Es que en el Kremlin se lo dicen. Y se quedan muy parados.

Otro punto que no leen bien son los Pactos de la Moncloa.

La situación económica de España en el 77 es muy mala porque, en realidad, desde el 74 hasta el 77 nadie se había ocupado de la economía porque todo estaba centrado en cómo disputar la partida del cambio político. Y, por tanto, no se habían tomado decisiones drásticas. Estaban en pleno impacto de la crisis del petróleo y en España había una crisis política importante en la que todas las facciones disputaban el tránsito de la dictadura a la democracia. La economía española estaba siendo golpeada de manera inmisericorde por el aumento de los precios de los combustibles. Habían hecho una industrialización de pobres. Es decir, la industria que nace del Plan de Estabilización es una industria que se basa en unos niveles técnicos modestos y, sobre todo, en unos sueldos modestos. En el momento en el que el factor energía, electricidad y gasoil, sube, los beneficios desaparecen. Y ese es el momento en el que se tienen que tomar decisiones, pero, en ese momento, no se podían tomar decisiones políticas.

¿Fue un error comparable a las dos últimas decisiones?

En el 77 se tiene que hacer algo. Yo de eso tengo mucha conciencia porque mi abuelo era panadero y sus tres hijos aprendieron el oficio, pero mi padre, que era el menor de los tres, estudió Comercio y se fue a trabajar de contable a una fábrica de pinturas. Y en el 76-77 se quedó sin trabajo porque la fábrica cerró. Entonces mi padre encontró trabajo de obrero en un horno. Aquella fue una crisis que afectó solo a los obreros industriales porque no había otra cosa.

A la pequeña propiedad no les afectaba. Pero en el cinturón no había otra cosa. Fue la hecatombe…

Una hecatombe enorme. Mi padre pasó de trabajar con americana y corbata a levantarse a las cuatro de la mañana para ir a trabajar. Entonces el PCE, que había salido muy débil de las elecciones del 77, decide jugársela. Carrillo eso lo sabía hacer. Y cogió a González y lo llevó al pacto. González va al Pacto de la Moncloa empujado por el PCE. Pero, cuando la situación parece estabilizarse, hay una recaída, en el 80. Tras la revolución de Irán se vuelve a cerrar el grifo del petróleo, y como la malla industrial española había quedado muy dañada, en esta segunda oleada –algo que puede metafóricamente proyectarse sobre la crisis actual– los dos partidos que habían pactado desaparecen: uno, el PCE, porque su izquierda piensa que los han vendido y, otro, UCD, porque su derecha dice que no controlan la situación. Eso pasó. Llega el intento de golpe de Estado, un intento bonapartista, con participación del PSOE a través de las conversaciones de Múgica. La operación bonapartista fracasa porque los que entran en el Congreso están totalmente zumbados, dan un espectáculo impresentable en Europa y, además, tienen la mala suerte de que hay una cámara de televisión que los capta –si no hubiera habido una cámara de televisión igual todo hubiera sido distinto–. Todo se cae a trozos y, evidentemente, el único partido que puede recoger todo eso es el PSOE, que logra una mayoría absoluta –a mi juicio inmerecida– de la que vienen muchos de los problemas de la España posterior. Si España hubiera estado más pactada, es decir, si UCD no se hubiera hundido y el PCE tampoco se hubiera hundido, todo se hubiera resuelto de otro modo.

Tendríamos una cultura del pacto.

Sí, porque tendríamos una derecha menos autosuficiente, y la izquierda hubiera estado más compensada.

El último momento político es ahora. Los Pactos de la Reconstrucción. Es decir, el pacto europeo para la ídem.

Ahora estamos en el contexto europeo. Si Alemania nos deja tirados, España e Italia se van al garete, y el espectáculo pirotécnico se verá desde Manila. Los alemanes, la cúpula, han entendido eso claramente y han visto que es muy importante intentar hacer un plan de  reconstrucción europea, que regirá nuestros destinos en los próximos 20 años.

Aquí hemos venido a estudiar y aquí no hemos venido a estudiar, ¿son dos posibilidades que enmarcan toda política posible?

Esto es muy importante porque lo que yo aprendí de Moreno es que él era un comunista que pensaba por su cuenta. Él va a la URSS –porque todos los presos comunistas del mundo tenían derecho a un viaje a la URSS tras su liberación–. Moreno explicaba que, en el Comité de Leningrado, preguntó: “¿Cuántos obreros hay aquí?”, lo que era una pregunta leninista que indicaba que algo no le había gustado de lo que vio allí, pero no podía cargarse a la “Iglesia”. Y yo siempre me he preguntado si lo explicaba con ironía. No era un ingenuo y no era un creyente, por lo que tomó una decisión e intentó ser consecuente. Era un hombre con orgullo, en ese sentido muy hispánico. A mí me ha parecido muy interesante explicar esta personalidad. En la narración de los personajes Vázquez Montalbán lo dijo muy bien: “Moreno fue el hombre que no se puso de puntillas en la foto de la Transición”. No fue el único. Pero este es un caso muy claro. Moreno no salió del PCE porque no quiso. En el fondo es una reivindicación de una persona, pero en lugar de una biografía, en el sentido estricto del género, he querido inscribir la biografía en su contexto histórico y, al hacerlo, acabas escribiendo una especie de narración de lo que ha sido ese periodo histórico. El libro, como me dijo un amigo mío, se hubiera podido llamar “Resistencia”. No es mal título. Pero, pensándolo me hubieran podido decir que los comunistas no habían sido los únicos resistentes. Y es verdad. Otro título, más irónico, hubiera podido ser “Tarpenia” –paciencia, que decía Stalin a una delegación del PCE–, pero hubiera sido un poco cínico.

Establece una dicotomía de izquierdas entre la hegemonía y la praxis. Estudiar-no estudiar,  objetividad-subjetividad.

Después del golpe de Estado del 23 de febrero del 81, Moreno, ya muy mayor, acude a un club de amigos de los sábados, llega con un artículo de LV sobre el 23F y lo comenta. Era un tipo con curiosidad. Era un artículo que demostraba que la democracia española no estaba tan instaurada como creíamos, algo que ahora parece banal pero que dos días después del golpe no lo era tanto. Moreno estaba entusiasmado con ese artículo que hacía pensar. Las personas nos dividimos entre aquellas que lo tienen todo pensado y las que siempre tienen algo por pensar. Y él era del grupo de los que seguían pensando. 

La dicotomía que plantea el libro entre los pensadores y los que lo tienen todo pensado, ¿se puede leer en clave del Gobierno de coalición. ¿Es extrapolable?

Sí y no. Mi idea es, en términos históricos –no sentimentales–, considerar que este país tiene surcos. Y que el PCE abrió un surco, lo que pasa es que colapsó. El surco del PCE y del PSOE –lo que pone nervioso a Felipe González porque es de la tradición de Indalecio Prieto de que con la izquierda del PSOE no hay que tener tratos– se han encontrado ahora, y el azar de la historia ha querido que se unan en una de las situaciones más complicadas que hay.

¿Se ha visto quién ha estudiado y quién ha tirado de surco?

Creo que los dos han hecho un esfuerzo para estudiar. Veremos lo que dura, pero ver a Yolanda Díaz con el jefe de la patronal no es ninguna broma.

¿Y cuál de las dos formaciones está más cerca de un mito? ¿La que confía en la transición happy power o la que confía en otros referentes?

Ahora no hay que dejarse llevar por mitos. Estamos en una situación nueva, dramática. O salimos desde el contexto europeo o podemos tener un problemón. La esperanza democrática en España, hoy día, es lo europeo. Lo siento por la rama de izquierdas que sueña con proyectos soberanistas. La única opción para la continuación de la realidad democrática de España es el proyecto europeo. Lo otro nos lleva a sistemas semi-autoritarios. No hay espacio para la izquierda española fuera de lo europeo. Es más, la izquierda tiene futuro en tanto esté en el proyecto europeo.

Su libro es una rareza, en tanto no es, por así decirlo, ni español ni catalán. Mezcla y explica conceptos que no acostumbran a mezclarse. De la lectura se extrae que España ha cambiado mucho, pero que Cataluña está irreconocible: tal vez ha desaparecido una tradición cultural progresista y de izquierdas de más de 100 años.

Yo en eso tengo mis dudas. Creo que los catalanes en general, seamos de la línea que seamos, somos muy sensibles cuando se habla de Cataluña. Nos ponemos muy lapidarios. Hoy, por ejemplo, en La Vanguardia hay más de tres páginas dedicadas al serial ese de JxCat, hay unas entrevistas muy interesantes a Bonvehí y Jordi Sánchez, que es el más inteligente del sector Puigdemont, que decía una frase brillantísima, que es la clave de toda esta historia. Decía que están haciendo un gran proyecto para el “mientras tanto”. 

Concepto de Sacristán. Son grandes.

Quedémonos con esa palabra “mientras tanto”. El “mientras tanto” en Cataluña durará muchos años. Lo que está diciendo Jordi Sánchez, por tanto, es que tienen que disputar un espacio con otros, que son muy similares a ellos, y que se tienen que diferenciar y, para esa diferenciación, solo pueden jugar con los sentimientos porque la operativa les vendrá dada. Por tanto, tienen que ser competitivos emotivamente y eficientes en el “mientras tanto”.

La cultura, seriamente herida hoy, que explica en su libro, es la que en la década de los 60-70 elabora criterios de cohesión lingüística y de cohesión social, lejos del pacto político. Esa cultura de la cohesión ha desaparecido en Catalunya, parece.

Efectivamente. Pero eso tiene que volver porque, si no, es la decadencia catalana. La cohesión volverá. Lo que pasa es que ahora el independentismo se ha separado en dos facciones que piensan prácticamente lo mismo y que tienen que estar diferenciándose continuamente y, para ello, están histerizando al conjunto de la sociedad catalana. Están abusando. Aquí está la operación política “aterrizaje”: a ver cuál es el primer helicóptero que toma tierra

Y que tiene derecho a tomar tierra…

Exacto. Y que defina el campo. Lo que no sabemos es quién se ocupará del “mientras tanto”. 

El “mientras tanto” se llama autonomismo como para una boda, ¿no?

Claro, por supuesto. Y se llama Pacto Europeo Next Generation y Gobierno español, etc. Está más claro que el agua. Están abusando de la paciencia de la gente pero hay gente dispuesta a que abusen de su paciencia.

https://ctxt.es/es/20200701/Politica/32837/Guillem-Martinez-entrevista-Enric-Juliana-franquismo-PCE-carcel-Burgos-Manuel-Moreno-Mauricio.htm

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