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El poeta de la democracia Featured

Luis García Montero/Infolibre

Walt Whitman nació en Nueva York en 1819. Con motivo de sus 200 años, el mundo literario celebra la palabra de alguien que se llamó a sí mismo "el poeta de la democracia". A través de un verso libre cargado de energía, de enumeraciones y apegos a las novedades de la vida, quiso escribir a mitad del siglo XIX el poema épico de la gente sencilla. Si los grandes cantos se centraban en los héroes, los arzobispos y los aristócratas, Whitman se presentó como la voz de los generales derrotados, los esclavos, los trabajadores, las calles, las máquinas y el amor. No consentía caminar una sola legua o escribir un solo verso sin amor.


Nacieron sus Hojas de hierba porque era necesario escribir la nueva poesía de Norteamérica, es decir, la poesía de la democracia. Y la verdad es que una celebración de Whitman en el año 2019 vuelve a tener una oscura tristeza de sueño pervertido. Digo vuelve porque en 1941, cuando León Felipe publicó después de la Guerra Civil y el exilio su traducción del Canto a mí mismo, ya tuvo que reaccionar ante un mundo derivado hacia el desamparo y las destrucciones. La política, los sociólogos, los filósofos y los artistas sentían miedo "porque parece que va a ganar el tirano". Y admitía su soledad: "Muchos pensarán que acuñar este poema en español es un mal negocio, / una hazaña sin gloria, / un gesto inoportuno y peligroso".


Donald Trump persigue a los hispanos. La situación en la democracia norteamericana que cantó Whitman no goza hoy de buena salud. Difícil es recordar sin angustia el amor a los perseguidos, pobres e inmigrantes que cantó el poeta homosexual de Nueva York. Y también es difícil celebrar la épica de la gente común, porque las decisiones del tirano son votadas por gente sencilla y muy popular, personas de la calle educadas en la telebasura, la soberbia del consumo y el miedo a que la diversidad sea un peligro para su poder adquisitivo. La falta de autovigilancia empuja siempre a la irracionalidad de una alianza con el verdadero enemigo.


Contra el horror a la diversidad, León Felipe defendía el amor a las canciones de otras latitudes y confesaba su apuesta en nombre de Whitman: "¡Qué alegría cuando yo averiguo que en mi pentagrama cabe la canción del cuáquero y del chino, / y que el amplio sombrero tejano me sienta tan bien como el viejo chambergo de Castilla".

Federico García Lorca coincidió en Nueva York con León Felipe. Le enseñó a amar a Whitman. Pero 1929 fue el año de la crisis de Wall Street que marcó la degradación democrática, el racismo y la miseria narrados por John Doss Pasos en Manhattan Transfer. El amanecer de Nueva York no suponía entonces una luz de optimismo, sino una realidad contaminada por los humos y por un huracán de monedas furiosas. García Lorca escribió Poeta en Nueva York y viajó a Cuba donde vivió con libertad sus deseos homosexuales. Quizá por eso imaginó en el barco de regreso a España su conmovedora Oda a Walt Whitman. El poeta andaluz cantó al neoyorkino que soñaba ser un río y "dormir como un río / con aquel camarada que pondría en su pecho / un pequeño dolor de ignorante leopardo".

La oda es conmovedora no sólo por la fuerza de sus imágenes, sino por el contradictorio mundo de culpas que refleja. García Lorca tuvo poca vigilancia de sí mismo y escribió al final, en nombre de la homosexualidad, un poema homófobo. Quiso separar su deseo y el de Whitman, homosexuales puros, de los jotos, pájaros, sarasas, apios, cancos, fairies, floras, maricas y locas que se comportaban como "perras en sus tocadores". Si el supremacismo de las identidades puras significa racismo en las causas públicas, también provoca estragos en los sentimientos más íntimos.

Cuidado con la pureza que desatiende el mundo real en el que se vive. Conviene que la épica de la gente de la calle sostenga la democracia; pero conviene también que vigilemos nuestras intimidades para que no nos convirtamos en aliados de los manipuladores de la libertad. La rebeldía y los sueños de pureza acaban con frecuencia en la sonrisa del tirano. Y la situación actual de la democracia no consiente ese tipo de ligerezas. 200 años después, eso siento al leer a Whitman y al recordar sus ilusiones.

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