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Viva la madre (lingüística) que nos parió Featured

Bartolomé Marcos

Si somos algo, somos palabra, somos verbo (algunos, como Pablo Iglesias, sólo eso…y vacío, o sea, no palabra, sino palabrería) Y la madre lingüística que nos parió fue el latín. Antes, la maldición divina de la Torre de Babel –que condenó a los seres humanos a la incomunicación (con lo útil y barata que salía la lengua común)- se llamó en España caída del Imperio Romano de Occidente, invasión de los bárbaros del Norte, llegada de los moros por el Sur, y, cuando hasta los más tontos sabían hablar nada menos que en la chulada del Latín (que, por vulgar que este fuera, farda un huevo)- verse obligados a tener que empezar a hablar vulgares lenguas – las llamadas lenguas vulgares, romances o románicas (en las que yo soy, teóricamente al menos, especialista, o eso dice mi ya algo vetusto título académico de la Universitas Studiorum Murciana de los cojones y de mis descojones, emporio del ombliguismo más desvergonzado, caduco y rancio). Perdimos así al buen, prudente y noble padre Claudio y a la sabia madre Latina y nos quedamos huerfanitos y desamparados sin remedio en nuestra pobre, despreciable y dorada (que dicen…) mediocridad. De aquellos polvos los actuales lodos de ramplonería, zafiedad y triunfante simpleza mental por doquier, muy en particular en redes que –irónicamente- se siguen empeñando en llamar sociales.

De aquella madre hermosa y lozana salieron unos cuantos hermanos, más o menos bastardos, porque bien sabido es que las lenguas son cual biológicos organismos, que nacen, crecen, se reproducen y mueren, muy parecidos entre sí en el caso de las románicas como hermanas que son, pero muy distintas también y no siempre bien avenidas, como se ha demostrado desde siempre con el vasco (peor para ellos), y últimamente con el catalán (peor también para ellos, con su butifarra se lo endiñen y a ver si les sirve para jiñar mejor y a mí para jiñarme en ellos, hatajo de estreñidos).

El latín se hablaba en toda Europa, que aquella sí que fue lengua compañera del imperio. Después irían llegando los hijitos: francés, provenzal, español, italiano, rumano, portugués, gallego, rético y dalmático. En España, además, el navarro-aragonés,  el astur-leonés y otras criaturitas como el valenciano, el extremeño, el andaluz, el murciano, el español de América, y, a lo peor, alguno que otro más que ahora mismo se me olvida. Da igual. Mucha variedad lingüística, mucha diversidad, pero ninguno de sus retoños le llegaba a la madre, el latín, a la suela del zapato, o de la zapatilla de andar por casa. Podríamos haber seguido diciendo frases como “Caesar mandavit enemici ab porto Ostiae”, que algún atarugado estudiantillo de Bachillerato traduciría al vulgarísimo pero expresivo “César, de una hostia, arrojó a los enemigos del puerto”. O aquello otro que siempre se contaba como anécdota graciosa pidiéndoles a los alumnos que tradujeran la frase “tua mater mala burra est”, que, frente a lo que pudiera pensarse, no incluye ningún insulto a la mamá de cada uno calificándola de burra, sino que quiere decir algo tan inocuo como “tu madre come manzanas maduras”. O la archiconocida proclama de los gladiadores cuando salían a morir al circo diciendo “ave Caesar, morituri te salutant”, traducido por algún alumno como “las aves del César morían por falta de salud”, que bien mirado es de lo que suele morirse todo lo que se muere.

Bromas al margen, sí que pienso que nunca habríamos debido decirle adiós al latín de manera tan apresurada, tan desconsiderada, tan desagradecida, olvidándonos de una lengua que siempre fue un prodigio de sonoridad, solemnidad, vigor, rigor y utilidad. Si no, prueben a decir despacito y con sus pausas bien marcadas la oración por excelencia, tan denostada probablemente en estos tiempos de irracional antipatriarcalismo. Sí…hoy me van a permitir ustedes que termine este artículo con un Padre Nuestro…en latín… Digan conmigo…

 

Pater noster, qui es in caelis:

sanctificetur Nomen Tuum;

adveniat Regnum Tuum;

fiat voluntas Tua,

sicut in caelo, et in terra.

Panem nostrum quotidianum da nobis hodie;

et dimitte nobis debita nostra,

sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;

et ne nos inducas in tentationem;

sed libera nos a Malo. Amen.

Tres o cuatro veces diarias- sed libera nos a Malo- y que Dios nos coja confesaos…

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