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Dos hombres y un destino Featured

Pedro Costa Morata/La Opinión de Murcia

Pablo y Teodoro nacieron felices y con estrella, si bien en latitudes españolas bien distantes. Nunca les faltó de nada, ni tuvieron que ganarse la vida con el sudor de su frente: nacieron para triunfadores y estudiaron brillantes carreras, siendo miembros privilegiados de desahogadas familias (tradicionales a tope y siempre exitosas, con la derecha o con la izquierda). Listos y simpáticos (digamos que resultones), sin embargo, nunca se distinguieron en sus estudios, ni antes ni durante la Universidad; pero crecían en edad y supremacía ante Dios y ante los hombres. Era como si esperaran para sí el paso del tiempo, seguros de que los favores que merecían no tardarían en llegar (como tenía que ser). ¡Y tan jóvenes! No conocieron al dictador, así que se quedaron con las ganas de vitorear al Caudillo en la Plaza de Oriente; ni la dictadura que, por supuesto, no hubieran combatido. Su estirpe es de género franquista y por eso la momia que preside la explicación de su historia debe continuar su descanso eterno en el Mausoleo del Criminal. ¡Es de tan mal gusto mirar atrás!

Hiciéronsenos mayorcitos los prometedores delfines y, una vez integrados en el PP, partido que les correspondía por herencia, ideología y vocación, fueron mimados y propulsados por esa potente organización del fraude y la mordida, lo que les convenció de que el momento les era llegado; no les costó concluir que lo normal, e incluso lo justo, era aspirar a gobernar España. ¿Por qué no? ¿quién mejor que ellos? ¿alguien podía poner en duda su carrera, su esfuerzo y su arte? El futuro, bien merecido, les pertenecía por derecho evidente y cantado. Mientras tanto, tuvieron que participar, desde sus posiciones de altura y privilegio, en el más intenso y escandaloso proceso de corrupción política de la ya apestosa historia conservadora de España (si no de protagonistas, sí viendo, oyendo y oliendo, porque ninguno de ellos es tonto ni ha carecido de menos información que usted y que yo).

Así que entraron en la madurez política, alegres y cantarines, porque la cosa marchaba como Dios manda. Pablo heredó, sabiéndolo, pero sin querer evitarlo, el patrimonio tóxico del líder réprobo, liquidando de paso a sus partidarios, y Teodoro le juró fidelidad eterna. Quisieron gobernar España como correspondía a sus historias de vida, ejemplares y de libro, y partieron, Pablo y Teodoro, a la conquista del poder, qué digo del poder, ¡de España! Y se repartieron el mando: yo que soy el líder, seré el presidente del Gobierno y tú, como vicelíder, vicepresidente, ¿no?. Y así, juntitos y en sintonía, sólidos y bien pertrechados, siguieron el impulso de su destino. El país había de ser suyo y caería en sus manos en cuanto la odiada izquierda cayera como fruta madura, a causa de sus invectivas de diseño.

Llegó la oportunidad de salir del simplón papel de segundones, prosperando lentamente a la sombra de esos líderes del partido, que tanto bien hicieron a España; como Aznar, el visionario que nos mezcló en una guerra criminal contra Irak en modo pelele del Imperio, mientras se deleitaba, con empeño encomiable, en la crisis por venir, burbuja a burbuja; y como Rajoy, el oscuro registrador de la propiedad que en siete años nos machacó con fuerza y saña, quitándonos salario, empleo y derechos, como corresponsal de las feroces instrucciones de la canalla comunitaria.

Con esas referencias, con esos ideales, con ese fátum, nuestros chicos vieron abrirse el cielo de sus anhelos cuando el Congreso de los Diputados entero decidió expulsar, por infame, al diletante Rajoy y el podrido PP, por tramposos y hediondos: había llegado el momento del gran salto adelante, aunque fuera por carambola, y con tan acreditados precedentes, pensaron (henchidos de razón y análisis) que no les iba a faltar la suerte. Montaron, de urgencia, una estrategia que debía llevarlos al poder sin que se notara la podredumbre absorbida durante años, ni la mala leche con la que el PP los había amamantado. Ya está, dijeron nuestros héroes, diremos que nosotros no hemos sido, que lo pasado es pasado, que este partido nuestro no tiene nada que ver con el de ayer y que nosotros somos sus prístinos (y joviales) reformadores. Hacían así con la mano, como espantando las infamias escritas en su frente, pero el baldón que heredaban y transmitían se apreciaba, indeleble, en las escasas arrugas cutáneas de los pijos del establishment.

Los asesores de imagen (de esos caros que hay, con corbata de nudo gordo) les aseguraron que lo que tenían que hacer era sonreír y no salirse de lo marcado por los memoriones del partido: condena implacable de la izquierda por unirse a terroristas, golpistas, separatistas y comunistas, por su indiferencia ante la ruptura de la patria, por ser unos manirrotos en el gasto social? Había otras cosas, desde luego, que mostraban unas intenciones tan finas y suculentas que no dudaban en que captarían el entusiasmo de las huestes del 28 A: lo del 155 al canto, y ya; polifonías vaticanistas en cosas de la femineidad; más recortes, menos impuestos?

Y para dar la máxima credibilidad a sus atractivas propuestas, que mintieran sin parar, sin hacer caso de los ojos que abríamos los millones de damnificados: sonreíd y mentid, tíos, que la gente es sorda y no se fija (recalcaban los curtidos asesores que nunca advierten, antes de cobrar, sobre los efectos devastadores que puede producir la caradura). Por eso, a la hora de los debates electorales, el líder encantador no encontró el momento para dar explicaciones a los caídos y humillados en los indecentes años 2012-2018; tan convencido estaba de su inocencia que, al revés, lanzó sus dardos más envenenados a las políticas sociales del presidente socialista: nos veía chupándonos el dedo.

Al reconocer la derrota, los jovenzuelos trasquilados buscaban la forma de refugiarse mientras, solidariamente, eso sí, se enroscaban el rabo entre las piernas, aludiendo a conocidos y bien socorridos tópicos, excelentes para días de naufragio y abominando (un tanto afectadamente) de sus requiebros con la ultraderecha. El balance es siempre cínico: muchos son los responsables, pero ninguno somos culpable.

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