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La España real es mejor que su videopolítica Featured

Luis García Montero/InfoLibre

Las degradaciones democráticas tienen como consecuencia la separación de la realidad y de los ámbitos oficiales. Después de la falsa democracia ideada por Cánovas del Castillo en su Restauración, los intelectuales regeneracionistas insistieron en denunciar la distancia entre la España real y la España oficial. Galdós escribió sus Episodios Nacionales para que la historia de la nación no la contasen los líderes de la patria, sino la calle.

Vivimos ahora una quiebra parecida en la era de la posverdad. La España real es mejor que la caricatura de España virtual que está dibujando la videopolítica de las redes sociales y la telebasura, unos ámbitos de comunicación social dedicados a suplantar el rigor de la información periodística.

Marshall McLuhan pudo equivocarse en muchas cosas al analizar el mundo de la comunicación, pero hoy resulta difícil discutir el peligro de su advertencia más famosa: "el medio es el mensaje". Sólo la ingenuidad intelectual permite defender la lectura primaria, optimista y unidimensional de las redes de comunicación como un espacio democrático que le ha dado la palabra a los ciudadanos. Lo que se está poniendo en duda es por el contrario la propia condición de ciudadanía. Se ha dado un regreso al mundo milagrero de la superstición.

La ciudadanía educada en la conciencia crítica capaz de hacerse dueña de sus propias opiniones y de participar en la firma de un contrato social para la convivencia democrática está siendo sustituida por un poderoso fenómeno de narcisismo consumista. La dinámica de que cada cual escuche sólo aquello que quiere oír o que encuentre sólo aquello que busca abre un manipulado juego halagador que en realidad sirve para que compremos la mercancía que quieren vendernos. Nunca somos dueños de nuestras discusiones.

La ideología que procura imponer la desregulación de los Estados, el debilitamiento de los marcos sociales de convivencia y la ley del más fuerte consigue así sacar los peor de nosotros mismos, sustituyendo las identidades abiertas por sentimientos cerrados cada vez más autocomplacientes y las responsabilidades colectivas por llamadas al odio. La crispación y la mentira dominan el espectáculo de la videopolítica.

Por eso es tan importante tomar conciencia de que la mayoría de la España real tiene problemas, pero es mucho mejor que su caricatura virtual. Y por eso es tan decisivo que la España real se movilice con orgullo, rompa la inercia abstencionista, tome la palabra y llene de democracia las urnas el próximo 28 de abril.

En España hay machismo, claro; pero la mayoría de los españoles no se identifican con el discurso bárbaro que quiere negar las leyes aprobadas para luchar contra la violencia machista y apoyar a las mujeres maltratadas. En España hay desigualdad, claro; pero la mayoría de las españolas no se identifican con las políticas que pretenden favorecer la acumulación de las élites a costa de empobrecer a los demás, degradando las condiciones laborales e impidiendo una fiscalidad que distribuya la riqueza.

En España existe racismo, claro; pero la mayoría de los españoles y de las españolas tienen un sentido de la compasión que impide tratar a los inmigrantes como un cargamento nocivo de carne humana. España es también el país luminoso que ha edificado una de las mejores sanidades públicas del mundo, el país que avanzó en la defensa del derecho internacional, el país que se adelantó a la hora de aprobar el matrimonio de personas del mismo sexo, el país que se dotó de una ley muy bien elaborada para la interrupción del embarazo, el país que… Podríamos seguir hasta llegar a 1812, cuando se aprobó en Cádiz la primera Constitución liberal del mundo.

Puede haber desconocimiento, indiferencia o pasividad, pero cuando se trata de ayudar al que sufre la España real es mucho mejor que la videopolítica reaccionaria que proclama el odio. Las elecciones son un proceso democrático que nos permite conformar el espacio público con nuestro corazón privado. La videopolítica reaccionaria se está pasando tanto que no podemos permitirnos el desconocimiento, la indiferencia o la pasividad. Abstenerse es una forma de darle la razón al odio y a la mentira impune.

Hay odio en el mundo, claro; pero el odio no es el destino del mundo.

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