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Andalucía o el momento Vox Featured

Enmanuel Rodríguez/CXTX.ES

Si se quiere hablar de cambio habrá que hacerlo soportándolo –con movimientos y con sociedad civil– contra una realidad en crisis y que se descompone; una realidad para la que no valen las promesas de la política institucional

Ayer se votó en andaluz. Se votó contra Susana. Pero también en clave española, en clave estatal. La mayoría en esta comunidad, por primera vez desde las primeras elecciones autonómicas, es de “derechas”, tiempo de los populares. Y sin embargo, ni en el sur ni el resto de España es el momento de ese turnismo que ha caracterizado la historia de la reciente democracia. Algo nuevo ha pasado, y no debemos dejarlo a un lado.

Ayer ocurrió, para qué negarlo, lo imprevisto. Pocos, poquísimos, ni siquiera ellos mismos, registraron el éxito de Vox. La secuencia de su ascenso recuerda mucho la de Podemos en mayo de 2014: en aquellas europeas, en las que ni siquiera los morados supieron registrar la magnitud de su ascenso. También recuerda el éxito de las candidaturas municipalistas de Madrid, Barcelona o Zaragoza, cuando a pocos días apenas se intuía la magnitud del deslizamiento de tierras.

Lo sucedido ayer entra dentro del orden de lo imprevisible; también por la tibieza y previsibilidad de Vox. Un partido diseñado en la onda “liberal” del agotamiento del PP (como lo fuera UPyD y más tarde Cs) y luego sometido a un brusco giro neofranquista. A muchos (a mí), Vox nos resulta en parte ridículo. Basta ver a su dirigente montado a caballo hablando de la “reconquista de España” o escuchar sus alocuciones al volante de un coche, metáfora del gobierno fuerte al que aspira. En parte también, resulta anacrónico, demasiado franquista, demasiado vétero y falangista. Además de pacato y pro-establishment. Hecho de restos del PP, el metal de Vox es institución política pura: Abascal no ha trabajado desde su juventud en nada que no sea cargos públicos (en el PP) y Fundaciones (como DENAES) alimentadas con dinero público.

Pero Vox no es Fuerza Nueva. No se explica como un efecto Fuerza Nueva. Bastó para empujarlo lo que había de novedad. Lo poquito que introdujo Bannon y que acompañó Losantos. La retórica de  “somos la resistencia, únete” o el “somos fachas y orgullosos de serlo”. El genial uso de los símbolos, como el de probar suerte en Vistalegre al estilo de Podemos. Las pequeñísimas dosis  antisistema, expuestas en las batallas culturales contra lo progre, los de Soros y la “partidocracia”. Vox apenas juega con la crisis de representación, con la crisis política general, pero juega y por eso sube. Es lo que ya no sabe hacer nadie en Podemos desde hace tres años. 

Vox no es, seguramente, el partido del pueblo. Parece más bien el partido de la envejecida clase media masculina contra la “ideología de género”, de la “España viva” contra la anti-España y los malos españoles (pongan aquí lo que consideren) y cada vez más del catolicismo militante y ofendido de los Opus Dei y los Quicos. No es pues el partido de los defraudados con el 15M y quizás tampoco el de “la protesta”, aunque lo sea en parte. Un solo dato: en 2015, PP, UPyD, Cs y Vox, recibieron un millón y medio de votos en Andalucía: en 2018 han recibido apenas 275.000 más. Es mucho pero no suficiente. Lo significativo ha sido el reparto entre los partidos. Vox se puede alimentar un poco de Podemos, un poco de los exiliados del PSOE, pero su gran cuenca sigue siendo el PP. Un enorme reservorio de voto conservador, nostálgico y resentido.

Se puede decir por eso que Vox siempre existió, pero como parte subordinada dentro del gran sueño de Fraga a finales de 1976: reunir a toda la derecha en un partido único (el PP). Liberales, conservadores, franquistas, falangistas, católicos militantes, republicanos de derechas.... todos juntos, bajo el mando de Fraga, Aznar, Rajoy. La paradoja es que ayer concurriendo por separado y en una de las plazas más difíciles obtuvieron más que cuando iban juntos.

Pero si los votos de las derechas son casi los mismos, ¿por qué ganaron ayer? Sencillo, porque del otro lado no se fue a votar. Abstención histórica para Andalucía: 41,4 % y casi 700.000 votos perdidos para la marca Podemos-IU y el PSOE. Algo ha habido de trasvase al PP o Cs o a Vox desde la izquierda y desde la abstención, pero lo dominante en estas elecciones ha sido simplemente el aburrimiento frente a la molicie clientelar del susanismo y la lengua de palo del andalucismo podemita. 

Es el mismo mal que en Madrid, que en Aragón, que en Galicia, que en Asturias... el “cambio” se ha agotado y no se le reconoce en hacer el tradicional papel subsidiario de IU frente al PSOE, o de un PSOE-Sánchez que repite los gestos de Zapatero, cuando ya nadie quiere a Zapatero. Menos todavía se trata de apostar a la lógica de bloques, y de “Frente Popular” agitando el miedo al fascismo, como hacía también ayer el Bonaparte Iglesias, al borde del exilio a Santa Elena y principal responsable de su propio desastre hecho de lucha fraccional, plebiscitarismo y caprichos búlgaros.

Ayer pasó sin duda algo nuevo. Murió el 15M. Ya no queda casi nada de ese recorrido que empezó en mayo de 2011 y se prolongó en 2014 y 2015. Pero nos haríamos flaco favor en representar la confusión que se abre en nombre del miedo. No hay miedo que valga. Solo hemos recibido un aviso. A partir de ahora no se va a hacer política con bolitas de algodón y palabras caramelo: cambio, ciudadanía, gente, los de abajo, derechos. Desde este momento, si se quiere hablar de cambio habrá que hacerlo soportándolo (con movimientos y con sociedad civil) contra una realidad en crisis y que se descompone; una realidad para la que no valen las promesas de la política institucional. Vienen tiempos duros. Y habrá que afrontarlos.

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