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El Viaje (Final) a Ninguna Parte Featured

Bartolomé Marcos

A pesar de los últimos (y sonados) varapalos al prestigio de algunas universidades, verbigracia, la Rey Juan Carlos o la Camilo José Cela, la Universidad sigue gozando en España de un prestigio comparable a sus niveles de degradación e incompetencia, algo que sólo puede entenderse y quizá hasta justificarse desde la visión sureña, meridional, mediterránea, de la vida, que ensalza y admira la gandulería bien retribuida y que siente una fascinación atávica y enfermiza por el pícaro (a fin de cuentas un sinvergüenza más o menos gracioso o pintoresco), o por el lujo chulesco de lo superfluo e inútil, que inútiles, obsoletos y vacíos de sentido y contenido (prebostes, barones, condes, duques, marqueses y reyes de la ciencia inejerciente) son muchos títulos y titulados académicos (si no miren como ejemplo ilustrativo, con mucho lustre de títulos y palustre y relumbrón de torpes (y “torpas”) incondicionales, a quien está a la cabeza de la más alta magistratura política de este país. Sí…ése… Pedro Sánchez-Pérez Castejón).

Los estudiantes universitarios lo saben, y por eso, siempre han pasado casi tanto tiempo como en las aulas en bares, tascas o cafeterías de la Universidad o de las diferentes Escuelas y Facultades. Ahora también, aunque con una diferencia a peor, porque ahora, las más de las veces, una gran mayoría de ellos y de ellas se enfrasca y ensimisma en sus celulares y entre pitido y pitido de la maquinita, catatónicos y abducidos ellos y ellas, ni se miran, ni (mucho menos), se hablan. Triste, la verdad. Muy triste, porque es bien sabido desde siempre que se aprendía y maduraba más y mejor que intramuros de la docta y sabia casa, en larguísimas, interminables conversaciones frente a unos chatos de vino y unas salchichas asadas a la brasa. Eso que aprendíamos en bares y tabernas, las personas que acabábamos conociendo, las amistades que se consolidaban allí, es de lo poco que mereció la pena del tiempo que nos tocó ir a la Universidad. Ahora, el invento del siglo XXI para la mejor comunicación universal, se ha convertido en herramienta de la incomunicación con los que se tienen más cerca. La aproximación a los lejanos nos ha distanciado de los próximos. Y así estamos con los otros, codo con codo, sin estar realmente ni con unos, demasiado lejos, ni con otros, demasiado cerca…y tan lejos siempre…Hay que retroceder y volver al tiempo de las cosas sencillas y claras.

Conocido es, pero no asumido, que desde hace mucho tiempo la Universidad Española es una poderosa y eficiente fábrica de parados de lujo, que lujo a fin de cuentas es el título inoperativo colgado en la pared sin titulado ejerciente, y lujo asiático para la sociedad alimentar y mantener la entretenida y carísima fábrica. Ahora, además, sobre todo desde el advenimiento del invento de las Universidades privadas, la Universidad se ha convertido también en un pingüe negocio. A pesar de todo ello, las familias españolas ponen toda su ambición, su empeño y sus ahorros, en que sus hijos e hijas, estudien en la Universidad, lo que ha convertido a la postre en baldíos los esfuerzos durante años de las diferentes administraciones por potenciar la formación profesional, frente a los mucho más numerosos que aspiran de hecho (si bien lo piensan y creo que pensarlo deben) a no trabajar nunca en nada, o a peregrinar por trabajos sobre cuyo desempeño no tienen puñetera idea, después de muchos años de intentar trabajar “en lo suyo” (dicen ellos)–que será suyo pero que nadie está dispuesto a pagarles por ejercer de eso suyo-, sin conseguirlo además.

Tenemos un país de bachilleres, licenciados y doctores, que suman a diplomaturas, licenciaturas y doctorados, carísimos masters en no sé cuántas especialidades, pero que, a pesar de tanto título, no son capaces de arreglar un grifo cuando gotea, desatascar el fregadero, arreglar un manguito , empalmar un cable, o montar el mueble de bricolaje comprado en el            IKEA. En realidad la razón del problema-y la solución- estriba en que lo que hay que aprender es un oficio útil para los demás, demandado por la sociedad y que permita a la inmensa mayoría sentirse útil e integrado, realizado como antes se decía. Un oficio, hay que aprender bien un oficio útil para los demás, porque sigue siendo lo necesario para ser feliz y sentirse útil y realizado, completo, en esta vida, para abandonar el hogar familiar antes de los 25 o 26 años, y no a los treinta y tantos, como ahora ocurre por término medio, cuando les quedan apenas quince años para empezar a ser viejos y aún no han salido del huevo. Dejémonos de tanto curso, cursillo, master, diplomaturas, licenciaturas y doctorados , y ¡al tajo!

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