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El "extraordinario" Trabajo de Montón Featured

Jesús Maraña/InfoLibre

 “No he cometido ninguna irregularidad, por lo que dimitir es injusto”, había dicho Carmen Montón ante los micrófonos de la cadena SER en la mañana de este martes, cuando ya sobraban motivos para concluir exactamente lo contrario: lo “injusto” (y políticamente equivocado) era que la ministra no dimitiera. Pero se enrocó ella y puso también en ridículo a Pedro Sánchez, que la defendió por la tarde en el Senado al proclamar: “está haciendo un trabajo extraordinario y lo va a seguir haciendo”. Se refería obviamente a la gestión como ministra de Sanidad, sin saber que, sólo un rato después, La Sexta Noticias desvelaría que el Trabajo Fin de Máster (TFM) que Montón presentó en la Universidad Rey Juan Carlos copiaba textos de distintas autoras en al menos 19 de las 52 páginas que lo componían. 


No quedaba ya más salida que la renuncia, aunque llegara incluso demasiado tarde:


1.- Porque lo más relevante no era si Montón cometió alguna irregularidad, sino si se vio beneficiada por las irregularidades cometidas en ese chiringuito expendedor de títulos llamado Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos.


2.- Porque estaban ya documentadas y confirmadas las principales irregularidades desveladas sobre el caso por eldiario.es: que Montón no asistió a las clases de la mitad de las asignaturas de un máster que oficialmente era de “modalidad presencial”; que no hay constancia alguna de los trabajos que habría realizado a distancia para superar esas seis materias; que presentó el Trabajo Fin de Máster pese a no tener en aquella fecha aprobadas todas las asignaturas, y que alguien entró en el sistema informático de la Universidad meses después de finalizar el máster para modificar alguna de las actas del expediente de Montón, como ha constatado la Inspección de la URJC.

3.- Porque la propia Carmen Montón había manifestado reiteradamente que se matriculó en el máster de Estudios Interdisciplinares de Género “para aprender” sobre la materia, ya que era portavoz parlamentaria del PSOE en materia de Igualdad. Si las circunstancias personales o las obligaciones laborales le impiden a alguien cumplir las exigencias de un máster universitario, lo correcto (incluso lo inevitable) para cualquier estudiante “normal” es renunciar a hacerlo.

4.-  Porque escudarse en que sólo hizo lo que “se le pidió”, utilizando exactamente el mismo argumento que en su día usaron Cristina Cifuentes y Pablo Casado para disfrazar el incumplimiento de trámites inexcusables como el de “entregar la justificación correspondiente” de que están aprobadas todas las asignaturas antes de presentar el Trabajo Fin de Master, suponía aducir la supuesta ignorancia como eximente de responsabilidad. Algo que no es de recibo para ningún particular, menos aún para un servidor público.

5.- Porque más allá de las diferencias que haya (y las hay) entre los casos de Cristina Cifuentes, de Pablo Casado y de Carmen Montón, lo trascendente desde el punto de vista político era la diferencia a la hora de asumir responsabilidades. Fue indecente que Cifuentes cayera como presidenta de Madrid no por las mentiras sobre su máster sino por una antigua grabación en la que aparecía hurtando un par de cremas. Es insultante que Pablo Casado pretenda instalar que su currículum universitario es intachable cuando el cúmulo de irregularidades lo ha colocado a las puertas del Tribunal Supremo. Y era descabellado que el Gobierno y el PSOE renunciasen a los baremos de exigencia ética que plantearon para Cifuentes y para Casado con el único fin de proteger a su ministra. Que Pedro Sánchez se lanzara hace unas horas a elogiar el "extraordinario trabajo" de Montón al frente del ministerio de Sanidad y anunciara su continuidad era una huida hacia adelante que llevaba a ninguna parte. Porque nadie estaba discutiendo la gestión de Montón durante estos meses en el ministerio, sino su acción y reacción al cursar un máster repleto de irregularidades e indicios de favoritismo.

6.- Porque se trataba de ética y de credibilidad. Y no deberían haber olvidado, ni Pedro Sánchez ni Carmen Montón, que lo que hizo triunfar la moción de censura que sacó al PP del Gobierno fue la imperiosa necesidad de regeneración política que sirvió de pegamento a intereses de partidos distintos y distantes tras una sentencia de la Gürtel que constataba un “auténtico sistema de corrupción institucional”. Salvando las siderales distancias entre un latrocinio sistemático y unos comportamientos individuales censurables, lo que desgasta a un gobierno de izquierdas no es el cese de un Máxim Huerta o una Carmen Montón sino volver a la contradicción clamorosa entre lo que se proclama y lo que se practica

P.D. Sin restar un ápice de importancia al escándalo de los másteres (ni a ese broche grotesco del TFM plagiado), había un motivo más para que la ministra Montón dejara de serlo rápidamente: este país tiene por delante y con urgencia demasiados retos e incertidumbres (Cataluña, presupuestos, sostenibilidad de las pensiones, precariedad del empleo…) como para concentrar la mayor atención en unas prácticas nepotistas que deberían sonrojarnos como ciudadanos. Y que agreden a la dignidad de la universidad pública.

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