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Aquel Mayo francés Featured

Antonio Balsalobr

 

De aquellos días del Mayo francés tengo una imagen difusa. Escenas de manifestaciones de jóvenes airados, batallas campales en las calles de París, el espectro de un viejo general… Imágenes que desfilaban por nuestra televisión en blanco y negro sin que yo alcanzara a entender muy bien lo que significaban en aquella Francia rural asustada. Lo que sí recuerdo muy bien es que durante varios días no tuvimos clase. Que el tiempo parecía haberse detenido y el país estaba paralizado. Yo no había cumplido aún los 10 años y vivía entonces en Francia donde mi padres habían emigrado. También recuerdo lo que se comentaba en casa y comentaba mi padre con sus compañeros de trabajo: Que “les patrons” estaban asustados porque había estallado una Revolución.

Leí mucho después sobre aquel conato de revolución. Sobre aquellos enfrentamientos entre estudiantes y policías en Nanterre, la Sorbona, en las calles de Barrio Latino, que pusieron en jaque al gobierno de Pompidou. Sobre la huelga general convocada el 13 de mayo que sellaba la alianza de los obreros y los estudiantes (las tres “U”: usines, universités, union). Y aquellos días tristes y angustiados me parecieron entonces luminosos y esperanzadores. También tuve la oportunidad de comprobar meses y años después cómo ese torbellino de ideas, de libertad, aquellas diez semanas que hicieron temblar Francia, se convirtieron, en palabras de Patrick Rotman, en “una especie de epicentro de una mutación social y cultural que atravesó las sociedades francesa y occidentales”. Como muy bien ha dejado dicho mi admirado Jarauta, aquel acontecimiento ha expresado como ningún otro “el deseo de libertad y cambio social en la segunda mitad del XX”. Un deseo de cambio que se venía fraguando, es verdad, en los campus californianos, con su cultura hippy contestataria, antisistema, sus manifestaciones antiimperialistas contra la guerra de Vietnam, y que en París “tomó la palabra”  y la calle como antes se había tomado la Bastilla.

Por su legado, Mayo del 68 es ya una fecha que nunca se extinguirá. Un hito que está a la altura de la Comuna de París, la revolución de 1848, el Frente Popular del 36 o la Liberación de la capital francesa en 1944. Es verdad que aquellos jóvenes no lograron cambiar el mundo, y que al final fueron los partidarios del orden los que consiguieron el 30 de mayo no sólo llenar de manifestantes los Campos Elíseos sino también ganar las elecciones convocadas por De Gaulle. Pero no lo es menos que, como dice Alain Touraine, lo que sí consiguieron fue abrir la puerta a un mundo nuevo, a una nueva época. Y sobre todo crear el espejismo, antes de que se desvaneciera la utopía, de que el orden reinante podía saltar por los aires. Aunque finalmente el orden reinante no pasara de tambalearse y “les patrons”, que tan asustados habían estado por aquella insurrección, pudieran volver a dormir tranquilos, aunque ya no como antes.

En aquel mayo del 68, la juventud impuso definitivamente su presencia. Y esa es otra de sus grandes aportaciones. Una juventud dueña de su identidad, que desde la utopía, se enfrenta al mundo de sus mayores, al orden establecido. Una juventud que con sus eslóganes imaginativos, algunos tan poéticos y conocidos como “Sous les pavés, la plage” (Bajo los adoquines, la playa) o tan actuales como “Salaires légers, chars lourds” (Salarios ligeros, tanques pesados), con su lucha contra la desigualdad y la jerarquización de la sociedad o contra el autoritarismo, se convierte en un referente mítico e ineludible para las generaciones posteriores.

Más que “transformar el mundo”, que es lo que pedía Marx, lo que hace el Mayo del 68 es “cambiar la vida”, que es lo que preconizaba Rimbaud. De ahí que su herencia en la enseñanza, en la relaciones entre hombres y mujeres, en la forma de entender la política o las relaciones laborales sea incuestionable. Y no lo sea tanto en la transformación del modelo económico. Las mejoras económicas que los obreros consiguen tras la finalización de las huelgas en los acuerdos de Grenelle, siendo importantes, son un pobre bagaje para un movimiento social que había sacudido Francia y Europa.

Sea como sea, aquella revolución que agonizó casi al mismo tiempo que  los tanques soviéticos acababan con la Primavera de Praga, tiene el gran mérito de seguir interpelándonos y planteándonos la que sigue siendo la gran pregunta: Cómo conciliar y conjugar en nuestra sociedad la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

 

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