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Joan Coscubiela: “El precio que estamos pagando por no haberle dado el cheque de salida a Rajoy es muy grande” Featured

“No estamos ante errores en el análisis. Estamos ante opciones muy perversas que hacen del conflicto político una posibilidad de aprovechamiento propio en términos electorales”, afirma

"La política no es yo gano, yo mando; la política es la complejidad de saber pactar y asumir tus limitaciones. Saber renunciar”, sostiene el ex portavoz de Catalunya Sí Que es Pot

Ramón Lobo/El Diario.-Joan Coscubiela (Barcelona, 1954) fue secretario general de CCOO en Catalunya entre 1995 y 2008, se convirtió en una celebridad nacional tras su intervención en el Parlament de Catalunya el 7 de septiembre de 2017, cuando denunció como portavoz de Catalunya sí Que es Pot la actuación del bloque independentista. Recibió el aplauso en pie de los diputados del PSC, de los de Ciudadanos, de los PP y de una parte de los suyos. Fue diputado en el Congreso de los Diputados por Iniciativa per Catalunya entre 2011 y 2015. Acaba de publicar Empantanados (Península), libro que recoge su experiencia política más reciente en Catalunya.

Se acaban de cumplir 25 años del Día de la marmota protagonizada por Bill Murray y Andie MacDowell. ¿Estamos viviendo un remake catalano-español?

Sí, algo tiene del Día de la marmota. [Carles] Puigdemont quiere seguir utilizando la astucia en el intento de engañar al Estado, pero hay algunas cosas que han cambiado. Sabemos que el Estado tiene una fuerza represiva brutal en todos sus ámbitos. Hay gente en la cárcel. Y eso condiciona. Podríamos utilizar otro símil cinematográfico y decir que continúa el juego del gallina de Rebeldes sin causa, ver quién detiene el coche antes del precipicio.

Lo dice en el libro: nadie se atreve a parar y decir a la gente que les sigue: ‘perdón, nos hemos equivocado, hemos mentido o exagerado o no supimos leer bien la realidad’.

Hay algo que no se ha analizado suficientemente y es que el movimiento independentista se ha convertido en un sujeto político con personalidad propia más allá de los partidos independentistas y de la ANC u Òmnium. Eso ha generado giros inesperados por parte de los dirigentes independentistas como el del 26 de octubre, cuando Puigdemont se convence de que tiene que convocar elecciones y al final no lo hace. La gente lo ha tribuido a la presión de la CUP, a la presión de ERC ─que es verdad─, al tuit de [Gabriel] Rufián ─que es verdad─, a la presión de los dirigentes de Convergencia. Todo eso es verdad y pone de manifiesto la irresponsabilidad de todos ellos. Pero hay un factor clave que lleva a Puigdemont a echarse atrás y a no convocar las elecciones: la reacción de la gente. La ilusión generada se convierte en un círculo virtuoso que aguanta todo: aguanta la represión y el inmovilismo de Rajoy. Durante cinco años, el soufflé no baja, pero ese círculo virtuoso se convierte al mismo tiempo en un círculo vicioso: cuanta más ilusión se genera más difícil es que se convierta en algo. La ilusión de más se transforma en ficción y la astucia en engaño. Eso ha sido determinante. Por eso no han sabido gobernar este proceso.

La población que ha seguido el proceso de independencia exprés con un fervor casi religioso tiene ahora elementos para saber que se está o se ha estado viviendo en una ficción.

Sí; hay un fenómeno que he podido comprobar. La astucia de los dirigentes independentistas, sobre todo del unilateralismo ─en el libro distingo entre la legitimidad del independentismo y el unilateralismo, que considero una burla─; uno de los grandes méritos de los dirigentes independentistas es haber utilizado la astucia en permanente mutación, sobre todo a partir de la convocatoria de las elecciones anticipadas del 2012. Cuando se asume que una astucia no lleva a ningún sitio, ya se ha puesto en marcha otra nueva. Cuando la gente asume que aquella astucia en la que habían confiado no iba a ningún lado, ya están en otra. ¿Por qué? Me lo he preguntado muchas veces. Es la necesidad de pensar que existe una respuesta ilusionante a la crisis que está viviendo la sociedad. La independencia es una respuesta local a una crisis global.

Uno de los errores de Mariano Rajoy ha sido pensar que el independentismo era un soufflé, cuando lo que ha pasado es que los soberanistas se han vuelto independentistas y se han creado lazos profundos de pertenencia a un grupo en el que cada partido político juega según su interés. Rajoy no sabe leer los matices.

Esa es una explicación muy bondadosa. Pensar que no se han sabido leer todos esos matices daría por hecho que estamos ante un error. Aprendí de uno de mis maestros que un error es eso, solo un error; y un error que se repite es un error repetido, pero al tercero ya se puede afirmar que se trata de una opción. En el Partido Popular, en Rajoy, en el Estado y en el ámbito del independentismo no ha habido errores. Lo que ha habido son opciones, que además han sido perversas. La instrumentalización del conflicto en beneficio propio ha terminado por tener efectos nefastos. Lo explico en una parte de mi libro. Fue una opción de Rajoy recoger firmas contra el Estatuto, fue una opción colonizar el Tribunal Constitucional, fue una opción negarse a tener una sola iniciativa política, fue una opción pensar que si dejaba pudrir el conflicto iba a bajar el soufflé. Y luego digo fue una opción de [Artur] Mas creer que podía manipular el movimiento independentista con las elecciones de 2012. Fue una opción presentar la consulta del 2014 como una cosa que tendría una virtualidad, fue una opción presentar las elecciones del 2015 como plebiscitarias, fue una opción de Mas y de Puigdemont y de [Oriol] Junqueras aprobar la resolución del 9 de noviembre del 2015, que es el origen final de todo ese desencadenante. No estamos ante errores en el análisis. Estamos ante opciones muy perversas que hacen del conflicto político una posibilidad de aprovechamiento propio en términos electorales.

Pero ese aprovechamiento tiene un límite. El PP ha cosechado los peores resultados de su historia en Catalunya y le ha salido una derecha rival en España. Más allá de las encuestas, parece que Ciudadanos está creciendo entre los votantes del PP.

La opción del PP ha sido durante mucho tiempo aplicar una política que le restaba en Catalunya a cambio de sacar muchos votos en España y poder gobernar. La lógica del ‘pierdo en Catalunya pero gano en España” ha saltado por los aires en las elecciones del 21 de diciembre. Desde la perspectiva del PP eso es un problema, pero desde la perspectiva de Catalunya y España, el problema es que al PP lo sustituye Ciudadanos, con una posición más radicalizada y más irresponsable, si se me permite la expresión. Como no gobierna en ninguna institución se puede permitir ese lujo, con lo cual estamos peor. Por otro lado, la batalla entre Convergencia, ahora PDeCAT, Junts per Catalunya ─es igual el nombre─ y ERC, que tiene su origen en el 2003, es la batalla por la hegemonía en el nacionalismo catalán. Si el conflicto entre los bloques nos lleva a una situación sin salida, la pugna y la batalla dentro de cada uno de esos bloques hace aún más difícil de resolver el conflicto. Analizan todo en términos de oportunismo electoral sin tener en cuenta las nefastas consecuencias que eso está teniendo para la sociedad.

¿Cuál debería ser la opción de las izquierdas?. Dicho en plural para incluir a PSOE, PSC, IU, IPC, Podemos y Comuns. A los que lo tenían más claro con el referéndum pactado les ha atropellado la dinámica de los bloques.

Porque la alternativa de la izquierda no se puede construir solo como respuesta al conflicto territorial. Si el independentismo ha ocupado tanto espacio en la vida política catalana, y en la vida española, ha sido porque antes se ha producido otro fenómeno mucho más significativo que es el abandono del conflicto social como eje de la política de las izquierdas. Es evidente en el caso de la socialdemocracia. La nueva política no sitúa el trabajo como elemento clave de articulación de su proyecto. El factor trabajo es determinante en todas las sociedades desde el tránsito de una sociedad de recolectores y cazadores a otra de agricultores y pastores; las formas de trabajo han sido determinantes para la organización de la sociedad. Mientras la izquierda no consiga situar el conflicto social como eje de la política va a ser complicado que cualquier alternativa pueda ganarle la batalla a la derecha en el terreno nacional. Al no tener referencias en el conflicto social, las clases populares se van a dejar arrastrar por el conflicto nacional, que en momentos de crisis tiene mucha más capacidad de aglutinar, porque aglutina familia, tribu, nación, religión. Es la base de la identidad más primigenia. Reconozco que recuperar el conflicto capital-trabajo como eje de la política en un momento de globalización económica con tanto poder de los mercados y tanta debilidad de la política y de la democracia es difícil. Posiblemente eso ya no se consiga en el marco de los Estados nacionales y posiblemente sea imprescindible empezar a pensar en que esa recuperación del conflicto social como eje de la política y como alternativa de las izquierdas solo va a ser posible construirla en marcos más amplios, por ejemplo los de la UE.

La izquierda comunista se ha visto afectada por la caída del Muro, con la realidad que había al otro lado, y la izquierda socialdemócrata se ha visto arrastrada por la globalización. Quizá sea necesario un nuevo lenguaje, otras propuestas… Feminismo, ecología. Y ser útiles más allá de las palabras, mejorar la vida de la gente.

La caída del Muro no es la causa del retroceso, es la consecuencia de un fenómeno anterior, que empieza en 1973, y que durante un tiempo fue imperceptible, que es la combinación de globalización económica y el globalismo como ideología que sustenta una determinada globalización que se está construyendo sin reglas, sin derechos y sin contrapesos sociales. La dificultad de dar una respuesta política a una economía con mucho poder es lo que desarticula a la izquierda de origen comunista y a la izquierda socialdemócrata. Los procesos de privatización trasladan el poder de la política a los mercados. El conflicto capital-trabajo no es el único en nuestras sociedades y eso es evidente desde los años sesenta. Están la fuerza de los movimientos civiles, el feminismo, la ecología y el factor de la insostenibilidad de nuestro modelo económico. Estos asuntos están ahí, pero nunca van a ser el sustituto del conflicto capital-trabajo. Cuando digo capital-trabajo no me refiero al capital industrial contra el obrero asalariado, ya sé que eso está cambiando, pero con sus diferentes formas ese conflicto es parte del conflicto ancestral.

La reacción en mucho países europeos a la suma de la globalización y la crisis económica ha sido el aumento de la extrema derecha o de las opciones xenófobas. En España no.

Hasta ahora.

En España, Podemos recoge el espíritu del 15-M, que en ningún momento fue xenófobo o de extrema derecha, sino al contrario, fue un movimiento regenerador. ¿Se puede decir que en Catalunya, aparte de la herida permanente y los problemas territoriales, esto ha sido un factor para impulsar el procés exprés?

Una de las cosas que intento analizar en el libro es hasta qué punto el independentismo ha cogido tanta fuerza ahora y no en otro momento y que esto tiene que ver con que es una respuesta local a una crisis global. La crisis en España ha tenido dos reacciones sociales: una es el 15-M y los intentos de articularlo después políticamente, y otra es el independentismo. Son las respuestas locales a esas crisis globales. La ventaja para el independentismo es que al tirar de elementos más primarios, la identidad de las personas, la tribu y la nación, le ha dado mucha más fuerza. Es verdad que la reacción en España y en Catalunya no ha ido hacia la extrema derecha como ha podido ser en Austria, Holanda, Francia o en muchos sitios. En España se ha canalizado y eso tiene esta vertiente positiva. Es algo que los independentistas se apuntan. Mi preocupación ahora es que la dureza del conflicto y su empantanamiento está provocando un resurgimiento de la extrema derecha española, que durante mucho tiempo el PP ha tenido controlada en su seno ─diría que es de los pocos servicios que ha hecho el PP a la nación─. El otro temor es hasta qué punto la no solución del conflicto en Catalunya puede llegar a dar alas a la creación de un movimiento ultranacionalista. Hay algunos colectivos en Catalunya, que los dibujó bien Roger Palà en un artículo de Crític que cito en el libro. Son movimientos latentes que combinan un ultraliberalismo económico con una concepción de Catalunya como pueblo elegido acompañada de una actitud supremacista. Eso no es el independentismo, pero es una parte del independentismo que está ahí, es una simiente que está plantada que está empezando a crecer y que si no sabemos dar salida al empantanamiento que tenemos puede proliferar. No sé si en términos electorales, pero está proliferando en términos sociales. Tiene más simpatías de lo que parece, y no es problema de redes sociales. Es verdad que ha habido ese dique de contención de la extrema derecha, pero el enconamiento y el empantanamiento del conflicto puede llegar a producir que eso que se ha conseguido evitar aparezca al final en forma de la ultraderecha de siempre española y de nuevas formas de ultranacionalismo xenófobo catalán.

Usted fue uno de los arietes en la crítica a Pujol cuando casi todos eran pujolistas. ¿Qué sensación produce que la antigua CiU esté en la vanguardia del independentismo exprés?

Resulta curioso lo débil que es la memoria. La gente se acuerda de mí por la intervención del 7 de septiembre. Algunos de los independentistas que me machacan han olvidado que fui el primero en llamar corrupto en público a Rajoy. No se me olvidará nunca: fue el 2 de agosto del 2013. También me atreví a denunciar desde CCOO los abusos de Pujol y fui machacado. Esto pone de manifiesto una debilidad en nuestras sociedades: el gregarismo. Lo que ha pasado con la corrupción en Catalunya, Valencia, Madrid, Andalucía, y donde sea, es posible porque hay un poder casi ilimitado que permanece mucho tiempo en los gobiernos sin que nada haga de contrapeso. ¿Qué puede hacer de contrapeso? Los otros partidos, pero también la sociedad y los medios de comunicación. Los pocos periodistas que se atrevían a denunciar en Catalunya a Pujol eran machacados. A mi me acusaron de anticatalán porque denunciaba su corrupción. La sociedad ha sido connivente con la corrupción, si ese gregarismo de la sociedad no se explica las reacciones que tuvo la sociedad catalana de apoyo a Pujol, de comprar la idea que si se denunciaba a su corrupción se estaba atacando a Catalunya. En Valencia, Camps ganó las elecciones por mayoría absoluta cuando ya había indicios de corrupción. No se me olvidará lo que dijo, que más o menos era así, "¿Qué? A mi el poble valencià ja m'ha jutjat i m'ha absolt".

Esa es la tesis de Rajoy: si gano elecciones estoy absuelto.

Sí, es la tesis de Rajoy. Nadie se atreve a decir que no es posible que la corrupción haya llegado a esos niveles en todos los sitios si no ha habido una connivencia del conjunto de la sociedad, que suele ser gregaria. Tampoco ayudan muchos medios de comunicación a construir ciudadanos críticos. Eso explica por qué esa misma sociedad tolerante con la corrupción ha querido hacer después vudú con los que considera que son los únicos responsables de la corrupción, que son en general lo que se llama clase política. ¿Por qué cuesta tanto decirles a los ciudadanos que ellos también son sujetos responsables de la corrupción?

Los políticos y los periodistas somos el reflejo de la sociedad.

Es verdad. ¿Se han preguntado los que me acusaban de anticatalán hasta qué punto contribuyeron a alimentar la corrupción de Pujol? ¿Y son conscientes los valencianos que estaban encantados de que Valencia se convirtiera en un espectáculo de ferias y celebraciones con unos costes brutales de que ellos contribuyeron a todo eso? ¿Los periodistas de Televisión Valenciana que se rebelaron al final, cuando la cerraron, no eran conscientes de lo que estaba pasando? Algunos sí lo fueron y lo pagaron muy caro, pero la mayoría no.

¿Qué es la división mediática Ítaca que aparece con frecuencia en su libro?

La división mediática Ítaca es el contrapunto a la división mediática Brunete. Son los medios de comunicación que han renunciado a jugar su función de informar y ayudar a crear conciencia crítica, que es lo que siempre he creído que son los medios de comunicación. Son la clave de la democracia, de los equilibrios de poderes y del pluralismo social y político. Son los que han decidido pasar a ser fábricas de hooligans. Unos lo hacen desde el acompañamiento al poder del Estado español y a las estrategias de Rajoy, y otros lo hacen desde el acompañamiento a Mas, Junqueras y Puigdemont. Las divisiones mediáticas Ítaca y la Brunete tienen mucha responsabilidad en la hooliganización del debate político en Catalunya y en España.

¿Estaríamos hablando de Televisión Española y TV3 como ejemplos más significativos?

Sí, estaríamos hablando claramente de medios de comunicación públicos, pero estaríamos hablando también de medios de comunicación privados. Aquí la crisis del modelo de medios de comunicación está haciendo mucho daño. En la medida que esa crisis está agudizando la crisis de las empresas y está exacerbando la competencia para ganar cuotas de mercado, sea en los medios tradicionales o en los medios digitales, está provocando una batalla por una competencia que es destructora. Antes hablábamos de la competencia destructora de la política; ahora es la competencia destructora de los medios. Hay grupos comunicación que lo hacen con tanta habilidad que ponen huevos en todas a las cestas.

Después de su intervención en el Parlament ha vuelto a ser anticatalán. No hay espacio para la disidencia en los dos bloques: eres amigo de los separatistas o eres anticatalán.

Sí que lo hay, pero con un coste personal y político importante. Cada uno tiene que decidir si vale la pena pagarlo. Yo pensé que sí valía la pena. Mal vamos si todo el mundo opta por la comodidad en este tipo de conflictos; mal vamos si todo el mundo opta por criticar a los que tiene en enfrente y no a los que tiene al lado; mal vamos si todo el mundo opta por alimentar a sus hooligans y no por desincentivarlos. Quien no quiera asumir riesgos en política es mejor que se dedique a la papiroflexia.

Tenemos problemas con la libertad de expresión; hay incapacidad de respetar al otro.

Hay un déficit de no entender que la libertad importante es la libertad del otro. Posiblemente sea un déficit que tenga que ver con nuestras dificultades de empatía, que es un fenómeno muy generalizado, pero en España mucho más. Tiene que ver con la debilidad histórica. Las historias pesan. No fraguan destinos inexorables, no creo en ellos, pero pesan y nuestras desgraciadas historias de los últimos 200, 300 años en términos de libertades democráticas son muy fastidiosas. Nuestra cultura democrática es aún débil y esa idea de que si ‘tengo la mayoría puedo imponerme a la minoría’ es la antítesis de la democracia. También está en el ámbito de la izquierda.

Los dos partidos que teóricamente venían a regenerar, uno a la derecha y otro a la izquierda, me refiero a Ciudadanos y Podemos, tuvieron la oportunidad tras las elecciones de 2015 de quizás intentar una solución tipo Borgen, un pacto de gobierno con el PSOE para sacar a este PP del poder. Ahora Ciudadanos y Podemos están pactando algunas propuestas concretas.

Creo que hubo esa oportunidad de liberar al país de lo que significa un Gobierno del PP y de Rajoy. Ahora estamos viendo las consecuencias de no haberla sabido aprovechar. Tengo claro la dificultad para determinada izquierda alternativa, con un discurso ideológicamente muy potente, presentar un acuerdo que supone pactar con gente a la que has criticado, pero eso es también otro elemento de expresión de debilidad democrática. La política no es yo gano, yo mando; la política es la complejidad de saber pactar y asumir tus limitaciones. Saber renunciar.

Los verdes alemanes habían pactado con Merkel. Los que han fallado son los liberales.

Sí, la política es eso: el reconocimiento de tus limitaciones, saber pactar y renunciar. Esa idea de que el pacto es una traición o que la renuncia es una traición me parece de una pobreza democrática increíble. Eso marcó a Podemos en ese momento y se perdió la oportunidad. Por supuesto, la responsabilidad fue claramente compartida. El precio que estamos pagando por no haberle dado el cheque de salida a Rajoy es muy grande. No creo en grandes pactos, como no creo en grandes soluciones. Hay micropactos y microsoluciones. Otro asunto que dificulta es la relación entre PSOE y Podemos. Una de las consecuencias de la incapacidad de la política y de la democracia frente a los mercados es que está generando una imagen de impotencia de la política y eso lleva a los ciudadanos a buscar fórmulas nuevas y a diversificar su voto. En toda Europa, hasta en los países que tenían un sistema más bipartidista, el espectro parlamentario se está balcanizando. No va a ser posible construir una alternativa de izquierdas a la derecha si no se asume que nadie lo va a poder hacer por sí solo. No hay alternativa de una parte de la izquierda española sin la otra parte de la izquierda española.

Es urgente el rescate de las instituciones. Menciona en el libro a Rubio Llorente que decía que con la reforma última del Tribunal Constitucional el PP había aplastado el tribunal.

Dijo: “Va a terminar aplastando al Tribunal Constitucional, como sucedió con el Tribunal de Garantías Republicanas, que fue el inicio del fin de la Republica”. Se ha confirmado la primera parte de la frase, que es el destrozo del Tribunal Constitucional, pero había otra premonición: hasta qué punto lo que está sucediendo no puede ser el inicio de la destrucción del proceso político del 78, que estaba ya agotado. No me gusta llamarlo “régimen del 78”, pero está agotado y en estos momentos se está viendo.

José María Ridao sostiene que en democracia no es importante la identidad, lo que importa es que las instituciones funcionen. Y aquí no están funcionando.

Lo comparto plenamente. Una política basada en la identidad es muy peligrosa en democracia. Es restrictiva porque las identidades son en general excluyentes, no saben convivir con otras identidades. Además de ser restrictiva suele conducir a planteamientos excluyentes. La izquierda debería tenerlo claro. Es una de las cosas que quise hacer el 7 de septiembre. Lluís Rabell asegura que en aquel momento emergieron las esencias de la izquierda de este país. Nuestra izquierda, a diferencia de otras, se ha forjado en la lucha contra la dictadura. Sabe la importancia de la democracia y de la libertad, sabe la importancia del derecho para proteger a los débiles, la importancia de las instituciones. Tu pregunta me sugiere un interrogante: si era imprescindible el eje izquierda-derecha para echar a Rajoy, a lo mejor ha llegado el momento de darnos cuenta de que la necesidad principal hoy es la restitución de la democracia y sus formas, con todo lo que comporta de respeto a esa institucionalidad y de respeto a la libertad. No estaría mal si este fuera el eje de la política de los próximos años. Aunque pueda parecer que no es de izquierdas, es lo más izquierdas que hay en estos momentos. PSOE y Podemos podían haberlo hecho o al menos impulsado, pero no hay números para hacerlo. Y la deriva electoralista de Ciudadanos le está situando fuera. Ciudadanos nace con ese planteamiento. No coincido con ellos pero en cierta manera es regenerativo. Se están situando extramuros en una posición oportunista de querer aprovechar la debilidad del PP para morder. Volvemos otra vez a lo mismo: los partidos somos medios para conseguir fines, no somos fines en sí mismos.

¿Se puede ser de izquierdas y nacionalista, defender fronteras y no valores?

Ahí hay una trampa dialéctica. Distingo entre tener una concepción nacional y una concepción nacionalista. Todo el mundo tiene una concepción nacional. Los que viven en una nación que tiene Estado no son conscientes. Otra cosa son las sociedades donde existe una percepción nacional que no tiene un reconocimiento como Estado. Hay una tendencia de las naciones que tienen reconocimiento a solo darse cuenta de la expresión nacional de los otros. Creo que la izquierda debe tener una concepción nacional; de hecho, vengo de la cultura del PSUC, de una cultura que era de izquierda y nacional. Vengo de un sindicato, que es la Comissió Obrera Nacional de Catalunya, que es de clase y nacional. El asunto es cuando esa concepción nacional de Catalunya se convierte en nacionalista, cuando todo se empieza a ver desde el prisma del conflicto nacionalista con otra nación, con otro Estado. Se puede tener una concepción de izquierdas y nacional, pero no nacionalista. Cuando hay un conflicto de dos expresiones de nacionalidad que se niegan a sí mismas, porque el problema es que España niega la existencia de nación de Catalunya y el nacionalismo catalán niega la existencia de España como nación, cuando eso articula toda la política, la izquierda pierde, está como un koala en el desierto.

Asegura que el referéndum pactado quizá no sea la mejor solución en este momento de crispación. Prefiere microsoluciones a las macrosoluciones.

Dos de las posibles soluciones que existían en ese trayecto que se inicia hace mucho tiempo eran el referéndum pactado o la reforma federal de la Constitución sometida a referéndum después. Desgraciadamente, el conflicto es tan visceral, está tan empantanado que dificulta que puedan ser en estos momentos la solución en mayúsculas. No digo que no lo puedan ser de aquí a unos años. En la estrategia fallida del independentismo nos han estrellado contra un muro y nos ha hecho retroceder décadas. Se han quemado por mucho tiempo las soluciones que estaban, la del referéndum pactado y la reforma constitucional por otro. Yo ahora no lo veo. Por eso creo que hay que ir pensando en microsoluciones que nos permitan enfriar el conflicto e intentar una solución, no la definitiva, que nunca la va a haber, sino una solución que no sea un parche. Pero va a costar mucho tiempo.

¿Cuáles serían las microsoluciones que ni siquiera pasan por una reforma constitucional?

La primera de todas es resolver la judicialización del conflicto. En el momento en que Rajoy decide dejar pudrir el conflicto esperando que baje el souflé, renuncia a hacer cualquier tipo de iniciativa. Cuando la cosa se le complica tira de la judicialización. En ese momento cruzamos una frontera peligrosa porque la lógica de los tribunales no es la misma lógica de la política. Para mi es una barbaridad la calificación de rebelión. Es una verdadera barbaridad, porque si esos hechos que se imputan son rebelión. ¿Cómo calificamos el golpe de Estado de Franco? No podemos calificarlos con el mismo tipo penal. Desde el punto de vista jurídico es inconcebible. Además de estar jurídicamente injustificado desde el punto de vista político, es una barbaridad. Si inhabilitas a los interlocutores no tienes interlocución y el conflicto se puede descontrolar completamente. Lo primero, la primera microsolución es resolver de la mejor manera posible la judicialización, que las togas no se conviertan en un problema añadido, y para eso lo primero es que el Ministerio Fiscal deje de azuzar la justicia vengativa.

La segunda sería la financiación. No exige una reforma constitucional, solo voluntad política.

Sí, está claro que sería la segunda. Y puestos a hacer reforma constitucional, la reforma más fácil sería la disposición adicional que formula Herrero de Miñón. La solución es una estructura federal que sea formalmente simétrica, que tenga institucionalidad simétrica, pero que plantee asimetría material en el contenido. No puedes darle el mismo tratamiento a una comunidad como Castilla y León, en la que más del 40% considera que la mejor forma para España es volver al Estado central, según la última encuesta del CIS, que a otra en la que el 48% está a favor de la independencia. Existe margen para una propuesta federal formalmente simétrica, con instituciones federales donde todo el mundo cuente igual, con un tratamiento asimétrico en cuanto al poder de las instituciones, en el caso de Catalunya. Puede existir asimetría institucional e igualdad de los ciudadanos.

Si en Catalunya vendría bien un Tarradellas, ¿quién haría falta en España?

Todas los que me vienen a la cabeza son gente que fracasó en su intento. No estaría de más un Azaña. A lo mejor nos iría bien aquel socialista republicano federal, Anselmo Carretero. No voy a citar a Adolfo Suárez, porque todo el mundo le reconoce un gran movimiento táctico, pero en aquel movimiento táctico de un Estado con 17 Comunidades Autónomas, del café para todos está posiblemente el drama de hoy.

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