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Palestina y la posverdad Featured

Luis García Montero/Infolibre

No llueve sobre mojado, pero cae la sequedad sobre la sequía. La reciente visita del presidente de Israel a España sirvió para seguir insistiendo en el asunto estrella de estas semanas: el debate catalán. ¿Qué diría Reuven Rivlin? La verdad es que había motivos para la curiosidad. Desde hace años, el nacionalismo catalán, con su deseo de crear país, ha expresado muchas simpatías no ya por el Estado de Israel, sino por la eficacia del espíritu sionista. Pero, por otra parte, los jóvenes de la CUP se han separado de las sonrisas de Jordi Pujol y Artur Mas y han mostrado más de una vez su solidaridad con Palestina. Puestas las cosas así, el presidente Reuven Rivlin utilizó su mejor sonrisa para afirmar el apoyo a la unidad de España y decir que “espera y reza para que todos los conflictos se resuelvan en paz”.


Cuando la gente bien pensante se escandaliza con las barbaridades de personajes como Donald Trump, tiendo a acordarme de la sonrisa de gente mucho menos escandalosa a la hora de decir mentiras, gente que considera incluso la utilidad política de la mentira como parte del buen gobierno. La posverdad y la posdemocracia conocen un mismo fondo: el descrédito generalizado de los que dicen hablar en nombre de la verdad y la democracia.


El estribillo de todos son iguales prepara el terreno para que surjan líderes carismáticos decididos a romper con las organizaciones tradicionales de la política. Más que una solución a las deficiencias democráticas, llevan al extremo los vicios imperantes en el discurso de la representación. También la lógica de la posverdad, las afirmaciones que se desentienden de los datos y los hechos, lleva al extremo el cinismo de los que mienten o sonríen en nombre de las razones de Estado y de los valores de la cultura occidental.


No creo que sea correcto afirmar desde un punto de vista histórico que la posverdad es la mentira de siempre, pero sí creo que en el éxito de la posverdad están las sonoras y grandes mentiras, esas armas de destrucción masiva que justificaban la destrucción de Irak o esos etarras que, según el gobierno Aznar, habían atentado el 11 de marzo de 2004 en Madrid. Cuánto se ha mentido antes de llegar a la posverdad.

¿Qué características singulares aporta la posverdad a la mentira de siempre? Me lo he preguntado al sentir que la visita del presidente de Israel servía más para preguntarse por Cataluña que para recordar el drama palestino. La sonrisa con la que Gran Bretaña, EE.UU. y buena parte del mundo occidental aceptaron las ambiciones sionistas a lo largo del siglo XX y su violencia sobre Palestina es una de esas grandes mentiras sociales que han desembocado en el impudor de la posverdad. Los datos de la geografía y de la historia fueron sustituidos a sangre y fuego por una consigna oficial muy falsificadora.

Ya casi nadie se acuerda de Palestina en los debates políticos. Pensemos, en primer lugar, que el mundo acelerado de la información produce miles de noticias al día en las redes. Sigamos pensando en una realidad en la que la saturación informativa exige discriminar, y la discriminación supone buscar de forma hedonista aquellas opiniones que confirman y halagan nuestras inquietudes. Un pensamiento más nos conduce a comprender que la captación de audiencias exige imágenes melodramáticas, atentados terroristas, lágrimas y escombros, pero no un análisis serio de las causas de los conflictos, por ejemplo, las causas del terrorismo fundamentalista y la batalla islámica contra Occidente. Para concluir, podemos incluso pensar en eso que Walter Benjamin llamó empobrecimiento de la experiencia. Las realidades virtuales del mundo de la imagen que Benjamin denunció en los orígenes del nazismo, hoy multiplicadas por mil, nos hacen perder con facilidad la memoria y nos sitúan en el consumo de un tiempo de usar y tirar. Somos sujetos inclinados por los que el tiempo resbala. Inclinados como las pantallas de los ordenadores cuando el usuario quiere ver con más comodidad.

¿Quién se va a acordar de Palestina? La prensa no. Quizá la poesía, ese ámbito que se niega todavía al empobrecimiento de la experiencia en nombre de la verdad. La poesía no reza, ni espera que todos los conflictos se resuelvan en paz.

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